27 de agosto de 2014

MANTIS AMOROSA



Aparecieron por allí durante una madrugada de esas de fiesta y alcohol, en medio de un verano inolvidable: un grupo heterogéneo de parejas desparejadas irrumpía en el local, saturando la oscura entrada con sonrisas de doble filo que se repartían al azar. Una comitiva que avanzaba, feliz, entre miradas de ellas con sabor sensual y promesas de ellos que llevaban acuñada, al cabo de esa velada, su propia fecha de caducidad. Juerga noctámbula, a fin de cuentas, con el billete de "todo incluido" que proporcionaba la inmediata embriaguez y la oscuridad del momento.

El calor del día se había ido apagando con el paso de las horas, pero la sensación térmica continuaba resultando pesada y pegajosa, fruto de un bochorno que llevaba varios días dificultando el sueño y manteniendo en funcionamiento, durante más tiempo del habitual, los aparatos de aire acondicionado. En medio de ese caluroso ambiente, la cena previa se redujo a un protocolario picoteo de platos fríos, preámbulo gastronómico tras el que la pandilla se dirigiría hacia los lugares de copas que estaban de moda; allí, protegidos por ese plus de confianza y descaro que te aporta la bebida, podrían continuar dilapidando la noche sin miedo a devorar o a ser devorados por alguien. En realidad, ésta no había hecho más que comenzar, pero la caza ya se había iniciado mucho antes; todos y todas disparaban con sus mejores armas a las presas elegidas, a sabiendas de que tarde o temprano obtendrían recompensa a aquel trabajado esfuerzo. Bien pensado, todos no...

Entre el bullicio del local, rebosante de gritos y notas musicales que camuflaban alguna que otra confesión desesperada, una silueta se había separado de la manada y destacaba solitaria al fondo de la sala. Sentado en un taburete y en apariencia ajeno al caótico paisaje, un individuo ojeroso y cansado escondía su cabeza entre los hombros, mientras las manos se aferraban a un vaso con tres piedras de hielo, cuyo líquido había sido trasegado de un solo sorbo. De vez en cuando, dirigía sus ojos hacia alguien en concreto de un grupo de gente que se arremolinaba en la pista de baile, contorsionistas que redoblaban sus articulaciones al ritmo desenfrenado de la música, para volver de nuevo a perforar el suelo con la mirada, al tiempo que de su rostro se escapaba una mueca de tristeza y decepción. Ese "alguien" no era otra que la mujer que había sido protagonista, al mismo tiempo, de sus mejores sueños y de sus peores pesadillas.

Ella destacaba entre la multitud por su belleza y sensualidad. Su conversación era una amena mezcla de simpatía y confianza en sí misma, de modo que no resultaba complicado el caer en sus redes de atracción tras diez minutos compartiendo su sonrisa, que resbalaba radiante desde su boca mientras te envolvía con su olor, suave y fresco. No era de extrañar, pues, que tuviera siempre cerca a multitud de admiradores, pretendientes y amigos, los cuales revoloteaban a su alrededor en noches como aquélla, como polillas atraídas por una luz nítida y deslumbrante. Lo que muchos desconocían era que ese brillo, a veces, también podía llegar a quemar...

La había conocido un par de meses atrás, mientras compartían aula en una academia de idiomas en la que ambos estudiaban con más pena que gloria. No tardó ni una semana en claudicar, rendido ante sus encantos y hechizado por ese acento tan peculiar, que denotaba sin lugar a dudas su procedencia. Renunció a su vida previa, ignorando amistades y olvidando familiares, para poder pasar un minuto más a su lado, enamorado hasta las trancas de aquella mujer única e incomparable, a la que entregó su alma sin reclamar condiciones. Un estado de felicidad en el que estuvo cómodamente alojado, disfrutando de la vida como nunca antes lo había hecho... al menos durante esas tres semanas que transcurrieron hasta que ella, sin previo aviso, le comunicó categórica a través de un escueto mensaje que ya no podía seguir a su lado y que se había cansado de su cariño, enfatizando la decisión con una frase final que le desgarró el pecho mientras arrancaba lágrimas heladas de sus ojos: "tenemos tanto en común que te odio".

Desde ese día no volvió a ser el mismo. Creyendo que todo aquello no podía ser cierto, sintiendo como si le hubieran arrebatado una vida a la que siempre había aspirado, pasando en un instante del éxito al fracaso; una cuestión, ésta, de la que seguía considerándose culpable, por mucho que no acabara de entender muy bien qué era lo que había hecho mal. Gracias a alguna que otra -dolorosa- casualidad y tras varias conversaciones con amigos comunes, que abrieron sus ojos a ciertos hechos para los que el amor lo había cegado, pronto comenzó a atisbar que no era el único damnificado: la mujer a la que todavía amaba era dueña de un pasado sentimental farragoso y trufado de relaciones que siempre habían acabado en pequeñas tragedias, al menos en lo referente a sus parejas: una especie de Mantis Religiosa, ese insecto tan aterrador en su aspecto como letal en sus conquistas, pues la hembra aniquila y engulle al macho tras su encuentro sexual. Su carácter dominante y su insaciable ambición la habían conducido a un punto sin retorno, por un camino desolador, sembrado de "cadáveres sentimentales" a su paso, pues a todos había abandonado tras menos de un mes compartiendo alegrías, antes de que nadie pudiese o supiese renunciar a ella. Y él había sido, por desgracia, su última víctima; atraído por su elegancia, cegado por su encantadora mirada y cautivado por sus caricias, no fue capaz de vislumbrar que cada vez se acercaba más al abismo de su cruel e implacable pasión, que despedazó su corazón y aniquiló su cariño de un solo bocado.

El hielo tintineaba nervioso en el vaso, fundiéndose lento al calor de sus manos, sudorosas e inquietas. Un nudo en la garganta que no era capaz de desatar y un quemor en el pecho que no conseguía sofocar eran lo de menos, en presencia de aquella depredadora de amantes. Volvió a dirigir su mirada hacia ella, que bailaba majestuosa tratando, intuyó, de seleccionar a su próxima víctima sin más presente que caer rendido bajo sus curvas y sin más futuro que el olvido. Un fogonazo trajo a su memoria los últimos versos de un soneto de Lope de Vega, muy oportuno, que había caído en sus manos unos días antes por esas casualidades que a veces te proporciona el destino:

Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,
y es la mujer al fin como sangría,
que a veces da salud, y a veces mata.

Se levantó y, camino a la salida, sintió un escalofrío al pasar a pocos metros del lugar donde ella consumía la penúltima copa, cuando por un brevísimo instante sus miradas colisionaron y de nuevo fue testigo de su glacial indiferencia, atravesando su cuerpo con la facilidad de una espada incandescente. No quería seguir siendo testigo de aquella escena, en parte por el dolor que todavía atenazaba su mente y en parte porque conocía de primera mano cuál sería el resultado final para cualquier infeliz que cayese en la trampa de su magnética seducción: en su cuerpo, despojos, en su mente, la impronta de la soledad y en su mirada, una sombra de permanente tristeza.

4 de agosto de 2014

OTRO DÍA (MÁS)

Ahogo. Esa es la desagradable sensación que tienes cuando ocurre... Una mano opresiva e invisible que te rodea el cuello y aprieta sin piedad, mientras notas el embotamiento de tu cara y la saturación de ideas en tu cerebro, que se agolpan incesantes sin poder salir al exterior.

En ese momento de incandescencia particular, un grito de rabia quiere surgir de lo más profundo del alma; las palabras, azuzadas por la decepción experimentada, ascienden por el pecho como un fuego que arrasa tu garganta y calcina tu boca, sellada ahora con el amargo sabor de la derrota. Ha vuelto a suceder, te lo podías imaginar, aunque no por esperado ha sido menos doloroso.

Y quieres expresar tu inmenso desacuerdo, rodeado del viciado aire de la venganza; quieres pregonar al mundo tu enfado, aunque no seas capaz de ordenar tu pensamiento con claridad; te sientes defraudado y al mismo tiempo sorprendido por tu falta de previsión, porque no es la primera vez que ocurre: siempre ha sido muy hábil poniendo excusas para no verte, pero esta vez ha esperado casi hasta el final y por eso ha dolido más, si cabe.

Entonces te preguntas qué motivo existe para una mentira que intenta sonar a verdad y no lo consigue, para un puñado de frases que rezuman engaño, para un pedazo de falsedad que te quieren vender a precio de ganga. "Al menos ha tenido imaginación para construir una historia que se sale de lo habitual", piensas mientras tratas de buscar tú también una excusa para justificar su ausencia y endulzar la soledad que se avecina. Y deduces que ese motivo es uno y son muchos, pero no puedes concretar con certeza qué ha llevado a esta situación de rechazo y caos emocional. Comprendes que pueda tener su raíz en el pasado, cuando generabas daños colaterales sin pararte a pensar en las repercusiones futuras, pero hubieras esperado que el tiempo te ayudara a mitigar el destrozo, atenuando el dolor con el paso de los años. A parecer, no ha sido así...

La conclusión a la que te enfrentas, drástica pero real como un puñetazo en el estómago, es que no te quiere ver delante. Alguien que en su día, aunque de manera fugaz, fue tu luz y tu oscuridad, tu principio y tu final, tu sonrisa y tu llanto; alguien que ya hoy prefiere ofrecerte su engaño a cambio de no tener que enfrentarse a una incómoda velada repleta de sonrisas fingidas y palabras huecas. Un universo diferente, el suyo, en el que ya no tienes cabida ni presencia.

En cualquier caso, piensas que el día va a seguir siendo igual de bueno o malo; va a tener la misma rutina, el mismo juego retórico y fingido en el que el ratón caza al gato. Al final, la excusa para convertir su ausencia en injustificable huele a fracaso y sabe a rencor, por mucho que intentes maquillar el golpe. Es el momento de levantarse, fingir una dignidad que se tambalea y reconstruir de nuevo esa fortaleza que en su día se sostuvo con los cimientos de la confianza en uno mismo; al menos hasta que empezaron a poner excusas para no verte...

11 de febrero de 2014

LENTEJAS


Mi abuela, esa ancianita ultraprotectora en lo referente a sus nietos, nos daba siempre buenos consejos; entre ellos, solía incluir la recomendación de no someter al estómago a cenas demasiado abundantes, advirtiendo del peligro que supondría ingerir alimentos que pudieran resultar pesados (bien por su cantidad o bien por su especial tendencia a la indigestión) en las horas nocturnas. Esas famosas frases y refranes que, siendo niños, todos hemos escuchado alguna vez en boca de algún adulto de la familia, tipo “de grandes cenas están las tumbas llenas” o un nosequé sobre comer como un príncipe y cenar como un mendigo, adquirían para nuestra abuela una connotación de mandato absoluto en los días en los que, normalmente durante el fin de semana, acudíamos a dormir una o dos noches a su casa.

No podría asegurarlo, pero tampoco era que mis hermanos y yo estuviéramos acostumbrados a grandes banquetes a la hora de cenar. Lo que sí recuerdo con gran nitidez es que con mi abuela el límite de estas cenas estaba bien definido: un Cola Cao bien caliente acompañado de unas cuantas galletas “María”; con eso ibas sobrado hasta la mañana siguiente. Reconozco que nunca he sido muy amigo de manchar la leche con ese cacao en polvo, sobre todo como ella lo preparaba (bien cargado y espeso) con lo que la noche del sábado se convertía en mi “momento dieta” particular de la semana, dentro de un contexto general en el que la comida suponía (y todavía supone hoy en día) un acontecimiento agradable, con el que disfrutaba mientras iba degustando casi todo lo que hubiese en el plato.

Todo esto viene a cuento porque hoy me he acordado de esa gran abuela: de sus frases llenas de sabiduría, de sus enfados propios de la edad, de ese carácter áspero pero condescendiente para con sus nietos… y por supuesto de sus frugales cenas. Las lentejas que, por motivos que ahora no vienen al caso, he tenido que cenar esta noche, han caído en mi estómago cual artefacto explosivo con metralla incluida. Como resultado de esta pedrada alimentaria, son las 3 de la madrugada y sigo en la cama tratando de encontrar una postura que favorezca la digestión, jurándome a mí mismo que no volveré a caer en excesos alimentarios nocturnos y masticando una noche que vuelta y vuelta entre las sábanas, no ofrece posibilidad de ser digerida.

Mi mente intenta retomar asuntos pendientes, tratando de aferrarse a algo con la etiqueta de aburrido que despiste al desvelo que me domina y me permita caer en ese sueño tan necesario. Intento reducir la velocidad, pero el cerebro va más rápido de lo que yo desearía en esta carrera contra la noche. Tumbado sobre el colchón, con la banda sonora de mi respiración como única acompañante, siento que los minutos pesan como vigas de acero y poco a poco, rebuscando entre los recovecos de la memoria, salen a flote esos fantasmas del pasado con los que uno se topa, de manera inexorable, cuando todo es silencio y oscuridad y no hay donde distraer la mente mediante estímulos externos. Así, al amparo de la vigilia que ha provocado esa pesada cena de legumbres, retornan al presente imágenes que proceden de un pasado bastante lejano; un tiempo diferente, ni mejor ni peor que el actual, en el que todos fuimos experimentando esas relaciones amorosas que forjaron nuestra estructura sentimental, convirtiéndonos poco a poco en expertos del tres al cuarto en un tema -el amor- del que nunca llegaremos a dominar ni la más mínima parte.

Abro los ojos en la negrura absoluta de la habitación, para constatar que el insomnio de la mala digestión me sigue ganando la partida. Veo caras conocidas que mi mente proyecta en esa pared que antes era blanca: amores, pasiones y cariños que en su día colmaron, de una u otra manera, mi mundo y mi existencia, pasan ahora como espectros rellenando la visión de lugares, situaciones y años anteriores. Aparecen sin orden ni concierto, independientemente de que hayan sido amores ideales o relaciones fallidas. No hablan, aunque recuerdo a la perfección el tono de su voz; no se mueven, pero siento como si fuera hoy la calidez de sus caricias y su imagen se desvanece como el humo en el aire, pero podría cerrar los ojos e identificar sin dificultad su manera de besar. La inocencia de un abrazo, el brillo de una mirada, la belleza de una sonrisa… Todas y cada una se han caracterizado por un destello, una peculiaridad que las hace únicas e irrepetibles, pasando a formar parte de manera inolvidable de ese puñado de recuerdos que conforman las páginas del libro de una vida. Pedazos de felicidad, aunque efímera, que algún día alguien tuvo a bien concederme mientras besaba sus labios.

Un automóvil lejano destroza con su murmullo la quietud silenciosa que me rodea. El cansancio golpea cada vez más duro y creo intuir la cercanía de ese momento en el que uno abandona la consciencia y pasa al otro lado, dejándose arrastrar por la promesa de los duendes que te transportan sin problema al mundo de los sueños. Todavía sigo contemplando, aunque borrosos, los rostros de esas heroínas de mis veranos, de esas compañeras de colegio, de esas actrices principales en la película de mi vida. Poco a poco, se van difuminando y desaparecen dejando paso a una neblina, a la que acompaña una sensación cálida y agradable como cuando uno se sumerge en un baño de agua caliente.

De repente, me despierto sobresaltado por algún tipo de estímulo que no acierto a identificar. No han pasado ni quince minutos desde que abandoné ese insomnio que abrasaba mi mente. Un dolor intenso en el estómago me recuerda que la pesadilla todavía no ha llegado a su fin, que la cena va a seguir cobrando un alto precio hasta arrebatarme mi descanso. Ya no vale la pena seguir intentándolo, falta poco para que la alarma dé paso a otra mañana desbocada. ¡Cuánta razón tenía mi abuela! Nunca hubiera imaginado que las lentejas iban a provocar este desbarajuste nocturno. A cambio, me he reencontrado con sentimientos aparcados por el paso del tiempo y he vuelto a ver tu sonrisa iluminando la oscuridad de la noche. Puede que al final haya valido la pena esta indigesta velada...

7 de diciembre de 2013

VERDADES COMO PUÑOS


Creo que con facilitar el enlace es suficiente. Después de leer ambos artículos, no puedo más que darles la razón en todo...

Espero que los disfrutéis.

ARTURO PÉREZ REVERTE: "Se ruega no escupir al médico"

MÓNICA LALANDA: "Cuando sea vieja, me moriré"

13 de noviembre de 2013

EXCUSAS

-Porque ha pasado mucho tiempo y ya no me prestas la atención que solías
-Porque tus prioridades han cambiado y ahora no soy una de ellas
-Porque tu nuevo trabajo te absorbe tiempo, mente y dedicación
-Porque se te ha agotado la imaginación y crees que no necesitas demostrarte nada
-Porque ya no me incluyes en tu lista de “lo más importante”
-Porque "no eres tú; soy yo..."
-Porque unas veces no quieres, otras no puedes y la mayoría te olvidas
-Porque consideras que nuestro momento ha pasado
-Porque mantienes a duras penas la relación, pero has pensado varias veces en dejarlo
-Porque te has cansado de dar tanto y no recibir casi nada a cambio
-Porque sigo estando ahí, pero la pereza vence a las ganas en su pugna diaria
-Porque casi no hablas de mí en tu organizada pero caótica vida
-Porque ya no es lo mismo que al principio… en todos los aspectos
-Porque no percibo en tu mirada ni la mitad de aquella pasión que antes desbordabas 
-Porque todo, incluso el deseo, termina por agotarse…

Las preguntas que todos tendríamos en la cabeza ante estas afirmaciones y que servirían como punto de partida para leer este texto: ¿POR QUÉ ROMPES NUESTRA RELACIÓN? ¿POR QUÉ YA NO ME QUIERES? ¿POR QUÉ ME HAS DEJADO?... En realidad, no van por ahí los tiros en el día de hoy. Habla mi blog, tratando de entender qué ocurre y reprochándome el “abandono” al que lo he sometido en los últimos meses. Pues, a pesar de todas estas excusas que podría argumentar, este blog cumple hoy 3 añitos, con gran pesar por mi parte por no haber sido capaz de dedicarle en los últimos meses todo el tiempo que me hubiera gustado. De hecho, el pobre está algo oxidado y deseoso de volver a retomar la actividad que tuvo… hace no tanto tiempo. Espero regalarle (y, por extensión, a todos aquellos que lo visiten) algo más de trabajo, entrega y entusiasmo a partir de ahora. Y es que, aunque no lo reconozca con frecuencia y las apariencias actuales no lo confirmen, sigue siendo motivo de orgullo para mí y he disfrutado mucho con todo lo que he escrito y volcado en él.

Gracias a todos los que seguís apareciendo por aquí para regalar un ratito de vuestro tiempo echando un vistazo a esta página… y Feliz Cumple!!

     

21 de octubre de 2013

EFECTOS SECUNDARIOS

Resulta curioso: eres la misma pero ya no te veo igual… Ayer llegaste al trabajo y percibí algo diferente cuando me saludaste: un gesto espontáneo, una ligera variación en tu mirada y en el tono de tu voz; incluso el propio hecho de que pasases a mi lado y me dedicases un “buenos días” ya era atípico por sí mismo. No podría asegurar el qué, pero te notaba distinta, peculiar, resultado de una metamorfosis extraña que hubiera multiplicado tu magnetismo hasta límites irresistibles. Debo reconocer que me sentí halagado por tu breve e inesperada atención, que convirtió una mañana anodina en todo un reto para volver a coincidir contigo en las siguientes horas allí encerrados, entre papeleo, ordenadores y llamadas telefónicas.

Me hubiera gustado saber si todo eso era fruto de mi imaginación, o bien obedecía a un deliberado cambio de actitud en tu manera de tratar conmigo. Lo cierto es que, esa misma tarde, entraste en mi despacho arrasando a tu paso, con tu sonrisa, toda forma de vida inteligente en el planeta. “¿Quién te has creído que eres para poner patas arriba ese frágil equilibrio senti-mental en el que sobrevivo a duras penas?” pensé yo, mientras trataba de recomponer en mi cerebro el puzle de emociones que tu presencia había desbaratado. Siempre habías estado ahí, discreta, neutral, incluso áspera a ratos… pero siempre también guapísima y poseedora de un atractivo fuera de rango. Y ahora, entras a saco por la puerta falsa de mi corazón, haciendo saltar todas las alarmas anti-enamoramiento, seduciendo mi torpeza y sonriendo ante mis meteduras de pata, para provocar fuegos artificiales en mi confuso pensamiento y hacerme sentir que no tenga otra cosa en la cabeza que la ilusión de pasar el próximo fin de semana lloviéndote a besos, contemplándote empapada por tormentas de caricias, sin más lugar en donde cobijarte que en la seguridad de mi abrazo.

No, no es posible un cambio tan pronunciado en tan corto espacio de tiempo; he debido ser víctima de una ilusión adolescente, columpiándome en el trapecio sin red de tu sensual manera de caminar por la oficina y desatendiendo tu conversación al contemplar el hipnotizante influjo de tus labios, que moldean palabras y frases en las que el significado es lo de menos. Si hasta hace pocas semanas pasaba desapercibido ante tus ojos, con la esperanza de que al menos te fijaras en mi nueva camisa o ensalzaras el buen gusto en la elección de mi corbata. Pero siempre acababa con la impresión de tener el don de la invisibilidad al estar a tu lado; un ser transparente que no merecía más atención que la de esquivar su presencia al encontrarse frente a él por un pasillo. Ahora, desde hace unos cuantos días, buscas mi conversación y mi compañía, sin ser consciente del descalabro emocional que suscitan en mi existencia los minutos a tu lado, tratando de respirar ahogado entre tanta belleza mientras contemplo la posibilidad de una noche perfecta a la vuelta de la esquina. Definitivamente, algo se me escapa y no acabo de adivinar el qué…

Hoy han venido al trabajo un par de agentes de policía acompañados de mi psiquiatra. No comprendía nada, pero me llevé una gran sorpresa cuando se dirigieron a la cafetería, en donde me encontraba hablando tranquilamente contigo y me comunicaron que estaba detenido por acoso sexual e intento de agresión a una compañera de la oficina. Como no podía ser de otra manera sostuve mi inocencia, convencido de que se trataba de un grave error. El doctor mencionó algo acerca de las consecuencias “de un grave deterioro de la evaluación de la realidad…” y de mi reiterada costumbre de abandonar el tratamiento. Reconozco que llevaba bastante tiempo sin tomar mis pastillas, pero tenía que dejarlas: ese litio desconcierta mi mente de manera progresiva, me provoca temblores y creo que estoy ganando peso y perdiendo pelo desde que me lo recetaron. Pero lo que de verdad más me extrañó fue tu reacción; sigo sin encontrarle una explicación a tu modo de mirarme y al hecho de que no me dijeras ni una palabra cuando pasé a tu lado, esposado, camino del hospital. Definitivamente, a las mujeres no hay quien las entienda… 


29 de septiembre de 2013

CON LA MAREA


A grandes zancadas sobre las olas, con los tobillos mordisqueados por la intensa frialdad del océano y dejándose envolver por ese olor tan reconocible de la brisa, mezcla de algas y salitre. De esa manera solía pasear por la playa, en soledad, sin importarle lo más mínimo el día ni la estación del año.

Encontraron su cuerpo al amanecer, un oscuro día de otoño. El mar la había devuelto a la costa, cerca del acantilado en el que el agua, encrespada y violenta, descargaba su furia contra las rocas. Incluso el murmullo de la espuma sobre la arena parecía insinuar cuánto la echaba de menos…

28 de mayo de 2013

AMABLE

Empiezo a pensar que todo esto no es más que un mal sueño. No es posible que se haya acumulado tanta mala suerte en tan poco tiempo, concentrándose además en la misma persona, que no es otra que la que escribe estas líneas. Debo reflexionar sobre lo que ha sucedido, para tratar de buscar remedio a esta situación y así conseguir que de mi cabeza se aleje esta negatividad y pesadumbre que anega mis pensamientos.

Para no tener dudas al respecto, he consultado en el diccionario la definición de amable: “afable, complaciente, afectuoso”. En realidad no era ésta la que estaba buscando, sino la segunda, la que define a alguien amable como “digno de ser amado”. Ahí es a donde quería yo llegar, porque me considero dentro de ese grupo de población que puede ser etiquetado así: alguien digno de ser amado, con todo lo que conlleva esa frase. Sin embargo, no he conseguido todavía que alguien me ame con un mínimo de continuidad, manteniendo encendida y viva esa llama que resguarda bajo su cálida luz todo el cariño que surge hacia el otro cuando dos personas contactan en el plano afectivo.

Ha pasado ya medio año y he compartido mi vida con tres parejas diferentes, a cada cual más extravagante y caprichosa... al menos bajo mi criterio. Tres sujetos que no llegaron a establecer conmigo un vínculo emocional sólido, pero en los que vi desde el principio cierta analogía de carácter, una predisposición empática que no hizo más que ilusionarme desde el primer encuentro y desde el beso inicial. Nada que hacer; diez semanas escasas fue lo que aguantó la relación más duradera de las tres. Y en todas apareció un denominador común: saturadas de mis atenciones y hastiadas de mi peculiar forma de amar, mis ya ex parejas acabaron por dejarme en cuanto fueron conscientes de que la química se desvanecía a cada hora que compartíamos, de que la pasión perdía intensidad ahogada entre la inseguridad y la desconfianza. En cualquier caso, un tiempo demasiado corto como para considerar la posibilidad de pasar el resto de mi vida en su compañía.

Analizando mi comportamiento debo reconocer que, en lo que a mí respecta, la mediocridad no es un rasgo que conforme mi carácter. Cuando me entrego a un proyecto sentimental, vuelco mi corazón y toda mi energía para vivirlo en cuerpo y alma. Si me paro un poco más a pensarlo, reconozco que es posible que esta avalancha emocional pueda tener también sus inconvenientes. Yo, que me enorgullezco de llevar los bolsillos llenos de palabras afectuosas y la boca repleta de “te quieros”, no he sido capaz de provocar en nadie una respuesta que no sea el rechazo a corto plazo y la indiferencia más desoladora. Demasiado agobiante, demasiada intensidad en la convivencia, un asfixiante exceso de control y de entusiasmo: un alto precio que me exijo para no tener que flirtear con mi soledad, pero un alto peaje a pagar para el contrario, que en principio no aspira a otro cosa que no sea compartir su deseo y disfrutar de la vida en compañía, sin más complicaciones.

Es hora de reconocer lo que llevo un tiempo sospechando y me niego a asumir: ni es un mal sueño ni es cuestión de mala suerte; la suerte buena o mala es el pretexto de los fracasados, dice una frase que he leído en algún lugar. Existe un único culpable para esclarecer esta tormenta de emociones que rige cada una de mis aventuras en busca del amor que todavía no he encontrado: yo. Qué triste resulta asumir que mi excesiva manera de entender el amor y las relaciones íntimas sea precisamente lo que me aleje de su conquista. Y es que “más” no siempre es “mejor”… 

15 de mayo de 2013

RUTINA



No ha sido fácil. Llevamos juntos 32 años arrancando días del calendario, rebasando meses, triturando años… en este mundo tan ajetreado que gira y gira sin tiempo para pararse a pensar en el tiempo. Toda una vida, dirían algunos, aunque he de reconocer que ha habido muchas vidas incluidas en ésta; desde luego, así lo hemos sentido a lo largo de este camino compartido a través de nuestra relación.

Nos conocemos muy bien. Podría afirmar que incluso demasiado, pues hemos llegado a ese punto en el que, de un modo casi ofensivo, sobran palabras y faltan gestos. Conocemos a la perfección reacciones, deseos, apetencias, frases… a veces incluso antes de que sucedan: entre la experiencia acumulada y el lenguaje corporal se nos ha hecho muy complicado ser capaces de mentir; al menos sin que el otro descubra la trampa filtrada a través de un tono de voz atípico, de una mirada que elude la contraria, de un gesto que se escapa del guión establecido. Los pros y los contras de tantas y tantas horas escudriñando temores con el alma desprotegida, contemplando resignados el paso de los recuerdos para sentir que en algún momento todo vuelve a ser familiar y repetitivo.

Desde hace un par de semanas, la situación ha cambiado de manera considerable: esa rutina pegadiza y continuada ha pasado a un incómodo segundo plano. Nos hemos vuelto diferentes a los ojos del otro, enfatizando con nuestro comportamiento unos defectos que ya dormitaban desapercibidos, ahogados bajo el peso de los años. Uno más egoísta y displicente, el otro más desconfiado e irritable, pero ambos sometidos a la execrable tarea de humillar al contrario a base de atacar sus puntos débiles, de herir al enemigo masacrando la fragilidad de su carácter. Pudiera ser un comportamiento recíproco, una resentida Ley del Talión que emergiese de lo más profundo de nuestras miserias, embotadas de venganza tras miles de horas contenidas bajo una represión incomprensible. Pudiera ser que el vaso, por fin, haya colmado su capacidad y su desbordamiento haya pulsado un botón de alarma en nuestro cerebro. En todo caso, algo o alguien ha desencadenado una nueva etapa, diferente, inesperada, que ha despedazado nuestros hábitos y costumbres de la manera más abrupta.

Hemos decidido pactar un armisticio que nos proporcione el tiempo necesario para la reflexión; una pausa en ese estado permanente de ataque irascible que desangra nuestra paciencia. Hoy, en la cena, mostraremos por fin nuestras cartas. Basta de fingir, forzando una situación para la que ya no existe salida. Nos diremos las verdades, ésas que agujerean el alma con su sinceridad, engendrando llagas que nunca más vuelven a cerrarse. Estaremos de acuerdo en comprender el por qué de esta rabia, enraizada en la ausencia de un cariño que hace ya muchos años que tomó la decisión de abandonar el barco. Y tras demasiado tiempo de silencio y sentimientos disfrazados, reconoceremos casi con pudor que desde hace pocos días otras caricias han acelerado nuestros corazones, que otros cuerpos han sido capaces de transportarnos a lugares que no visitábamos desde hacía décadas. En pocas palabras, que los dos nos hemos enamorado de otras personas: dos seres ajenos a un mundo de oscuridad que ahora dejamos atrás, mientras contemplamos cómo entierran definitivamente una relación que poco a poco se iba muriendo en vida. La nuestra…       

5 de mayo de 2013

PARA MAMI

Hoy es el DÍA DE LA MADRE y entre mis hijos y yo hemos querido hacer una entrada en el blog para felicitar a nuestras queridas mamás, teniendo en cuenta lo que ellas siempre dicen cuando llega este día y lo celebramos de manera efusiva: "hijo/a, si para mí todos son días de la madre..." Y en realidad, es así, porque en sus cabezas no cabe dejar de pensar ni un solo día en sus polluelos, tengan 4 ó 40 años. 
De todas formas, hoy queremos hacer un pequeño homenaje a esas madres que siempre están ahí, en los buenos y los malos momentos, con sus reprimendas y sus consejos, con su cariño y amor desinteresado y sincero... En resumen:

FELIZ DÍA, MAMI!!!  


No quisiera terminar este post sin añadir un texto que encontré en internet y que creo dibujará una sonrisa en la cara de quien lo lea: 


¿QUIÉN ES TU MAMÁ?

- Mamá es esa señora que lleva en el bolso un pañuelo con mis mocos, un paquete de toallitas, un chupete y un pañal de emergencia.
 - Mamá es ese cohete tan rápido que va por casa disparado y que está en todas partes al mismo tiempo.
 -Mamá es esa malabarista que pone lavadoras con el abrigo puesto mientras le  abre la puerta al gato con la otra, sosteniendo el correo con la barbilla y apartándome del cubo de basura con el pie.
 -Mamá es esa maga que puede hacer desaparecer lágrimas con un beso.
 -Mamá es esa forzuda capaz de coger en un solo brazo mis 15 kilos mientras con el otro entra el carro lleno de compra.
 -Mamá es esa campeona de atletismo capaz de llegar en décimas de segundo de 0 a 100 para evitar que me descuerne por las escaleras.
 -Mamá es esa heroína que vence siempre a mis pesadillas con una caricia.
 -Mamá es esa señora con el pelo de dos colores, que dice que en cuanto tenga otro huequito, sólo otro, va a la pelu.
 -Mamá es ese cuenta cuentos que lee e inventa las historias más divertidas sólo para mí.
 -Mamá es esa chef que es capaz de hacerme una cena riquísima con dos tonterías que quedaban en la nevera porque se le olvidó comprar, aunque se quede ella sin cena.
 -Mamá es ese médico que sabe con sólo mirarme si tengo fiebre, cuánta, y lo que tiene que hacer.
 -Mamá es esa economista capaz de ponerse la ropa de hace cientos de años para que yo vaya bien guapo.
 -Mamá es esa cantante que todas las noches canta la canción más dulce mientras me acuna un ratito.
 -Mamá es esa payasa que hace que me tronche de risa con solo mover la cara.
 -Mamá es esa sonámbula que puede levantarse dormida a las 4 de la mañana, mirar si me he hecho pis, cambiarme el pañal, darme jarabe para la tos, un poco de agua, ponerme el chupete, todo a oscuras y sin despertarse.

 ¿La ves? Es aquélla, la más guapa, la que sonríe…. Tú!!!!!


3 de mayo de 2013

PALABRAS QUE HIEREN



Ha pasado casi una hora y ya no se oyen las voces procedentes del interior del piso; una discusión a gritos que ha alertado a todos los vecinos del pequeño edificio situado al fondo de la calle, en la esquina con la Plaza de la Fuente. El silencio es ahora tan espeso que se hace difícil respirar en su atmósfera, atrapados por esa incómoda presencia, que oprime la garganta y no permite que emerjan las palabras. Unas palabras que momentos antes salían a borbotones de ambas bocas, altivas, empapadas del desprecio con el que se viste el rencor acumulado, hiriendo el orgullo de su oponente con su incandescente veneno, apuntando directamente a las heridas que siempre dejan la culpa y la debilidad.

Él permanece sentado en el borde de la cama, cabizbajo, con las manos sosteniendo el peso de la cabeza, tratando de perderse con la mirada entre el laberinto de los dibujos de la alfombra. Ella humedece un pañuelo de color negro con su llanto mientras escucha de fondo el bullicioso ir y venir de la gente en la calle, que transita viviendo ajena al dolor y a la rabia que se desarrollan en esa cárcel de tristeza. Exhaustos por la batalla de sentimientos y el odio vertido en cada frase, han decidido por agotamiento pactar una tregua que lleva implícito el mutismo; un paréntesis que contempla el cese de las hostilidades, en forma de frases y amenazas, que no han dejado de perforar los cimientos de su relación; unos años en común de los que apenas quedan algunos recuerdos en pie. Tratando de evitar los ojos de su contrincante, a riesgo de caer por un segundo bajo el atisbo de la debilidad, de una esperanza ante la que calentarse con los rescoldos del pasado. No, eso no puede suceder, piensan, mientras su instinto de protección trata de recuperar porciones de dignidad que se han desplomado por el camino. Encerrados frente a frente en el reducido espacio de una habitación que desprende olor a fracaso, deseando escapar hacia donde les lleve la esperanza, lejos de ese antro macilento y frío.

Pasan los minutos, remedando horas repletas a cada segundo de incertidumbre, tensión e impotencia. Las voces siguen apagadas, desgarrando con su ausencia la tenue frontera que separa la redención de la condena. Ninguno se atreve a dar el primer paso, avanzando de manera inexorable hacia un “punto de no retorno” en el que muy probablemente dará comienzo otra vida, otra aventura, dado el carácter irreversible de una disputa que, a todas luces, se antoja definitiva. No importa el motivo de la misma; es algo secundario cuando la convivencia se ha erosionado hasta tal punto que el deterioro afecta a todas las esferas y a todos los ámbitos de una vida que ya no es tal. No ha lugar para una frase más; no cabe más dolor ni brotan ya más lágrimas…

Consciente de estar asomado al abismo y aferrado a una última esperanza, él se incorpora y tiende su mano, tratando de no quemarse bajo el resplandor de unos ojos cuyas pupilas son dos ascuas que miran sin mirar, preguntándose por qué era necesario llegar hasta ese punto, hasta la cima del dolor que supone la ruptura, el alejamiento, la desunión de un todo que ahora es irreconocible. Ella traga un nuevo sorbo de su orgullo y se acerca despacio, respondiendo al ofrecimiento, de modo que él pueda abrazarla, todavía sentado, entrelazando los brazos en la parte inferior de su espalda y apoyando la cabeza en su vientre. Casi de modo inaudible, para no perturbar con su sonido el denso y viciado aire que todavía rellena la habitación, de sus labios se despoja un “lo siento” rebosante de sinceridad, que muere entrecortado entre sollozos y suspiros en común.

El calor de la tarde se apacigua y la ventana deja entrar una luz perezosa, perdido ya el sol tras la colina en la que tantos días jugaron a intercambiar sus corazones. Hoy han caminado descalzos sobre el agudo filo de la soledad, bordeando de nuevo territorios inhóspitos en los que la palabra “amor” ha sido desterrada; hoy el fantasma de la derrota ha sobrevolado sus cabezas, ensombreciendo con su cruel silueta cualquier solución desesperada. Hoy termina el día con una boca buscando a la otra, deseosa de reparar con creces el daño impartido con cada una de las palabras. El “hoy” echa de menos al “mañana” deseando que pasen las horas consumidas en común, cobijados bajo una pasión sin límites, producto de los momentos de tensión acumulada. El pasado reciente es sepultado bajo el enorme peso de una caricia. Lo que suceda a partir de ahora, al menos hasta el próximo enfrentamiento, no importa…  

30 de abril de 2013

"DESPEJANDO LA X"


Hoy es un día especial para mí, porque me han comunicado que he ganado un premio en un concurso literario. Había participado en el IV Concurso de Microcuentos organizado por El Corte Inglés con uno titulado "Despejando la x" y he obtenido el segundo premio, lo cual me hace una ilusión especial, más que nada por ser la primera vez que alguna creación salida de mis neuronas es premiada, sea de la manera que sea...
Total, que no podía resistirme a publicarlo en el blog y compartir este pequeño relato con todos vosotros. Espero que os guste!




El IV Concurso de Microcuentos de 
El Corte Inglés ya tiene 
GANADORES
     






2013 es el “Año Nacional de las Enfermedades Raras”.  Es el “Año de la Serpiente”, según el calendario chino.  Y también es el 

“Año de las Matemáticas del Planeta Tierra”.  124 trabajos presentados.  ¿Quién resultará premiado?  



¡Enhorabuena  y gracias a todos por participar!






2º PREMIO
“Despejando la x”
MIGUEL ÁNGEL DÍAZ FUENTES



Con esa exactitud tan característica de la ciencia me mostraste tus conclusiones al respecto: el número pi de mi cariño tenía demasiados decimales para tu calculadora manera de afrontar nuestra relación. Pero mi corazón latía al ritmo de la raíz cuadrada de tu sonrisa, elevado al cubo de tu mirada. Te quería con la fuerza gravitatoria de un agujero negro, pero no me quedó más remedio que despejar la incógnita de la ecuación, en la que esa x misteriosa tenía otro aspecto y otro nombre que nos dividió por la mitad. Quizás el tiempo, tan relativo, te ayude a comprender que todavía no es tarde…  


29 de abril de 2013

TURBO

Turbo es la próxima película de animación de los estudios Dreamworks Animation, distribuida por 20th Century Fox, cuyo estreno está programado para Julio de este año. Se basa en una idea original de David Soren, que es también el director de la película. Nos cuenta la historia de un caracol de jardín ordinario, cuyo sueño de convertirse en el caracol más rápido del mundo se hace realidad. Junto con Ryan Reynolds, quien interpreta al personaje principal, la película también cuenta con la voces de Paul Giamatti, Michael Peña, Luis Guzman, Bill Hader, Richard Jenkins, Ken Jeong, Michelle Rodriguez, Maya Rudolph, Snoop Dogg y Samuel L. Jackson.
Aquí os dejo el tráiler para que podáis juzgar por vosotros mismos...

 

11 de abril de 2013

PASIONES


Despierto en plena madrugada con el peso de mis recuerdos sobre la cama, cuando toda la casa respira silencio y apenas se oyen las gotas de lluvia que pintan trazos húmedos en mi ventana. Tu ausencia perfuma la habitación y yo trato en vano de desprenderme de una soledad que me agrieta el alma a cada minuto, aplastando mi sosiego al invocar tu último abrazo.

El tiempo se ha quedado suspendido entre las sábanas, inmovilizado por la pasión que inundó las horas de la noche anterior. Sigo recordando el deseo que se desprendía de tu mirada, que me devoraba el alma segundo a segundo, mientras susurrabas un “te quiero” con cada beso. Consumimos la noche a bocados, mordisqueando su quietud con jadeos y frases entrecortadas, hasta que el cansancio se adueñó de nuestros cuerpos, para compartir sueños y esbozar futuros entrelazados.

La tormenta es cada vez más intensa y no se me ocurre otra cosa que no sea recorrer tu cuerpo, trazando con mi lengua caminos al azar que cruzan tu geografía de punta a punta. Y mientras, dosificas tus caricias para incrementar mi fragilidad, al tiempo que tu voz me posee y de tus labios se desprende un “eres mío” que destroza mis miedos y me transporta lejos, muy lejos, en una montaña rusa de emociones atropelladas.

Vuelvo a recostarme con los ojos cansados de no respirar tu sonrisa, de no poder recurrir a tu boca, de no ser capaz de descifrar el sensual lenguaje de tu cuerpo desnudo. Tras un último vistazo al reloj y a la ventana, desde la que se contempla la quietud de una ciudad que nunca duerme por completo, trato de recuperar las horas de sueño que has robado de mi cama. Un lugar que todavía no se ha repuesto de la agotadora batalla que compartimos durante la noche anterior; una lucha descarnada y ardiente, en la que nuestras pasiones dejaron un único prisionero, mi corazón, que ahora vive la felicidad alojado bajo la protección de tu pecho.

Hoy te esperaré ansioso, rebajando cada segundo hasta el momento de tenerte de nuevo al alcance de un suspiro, para dibujar trazos de ardor bajo tu ropa y sincronizar nuestros latidos traspasando el límite de velocidad que marquen las curvas de tu cuerpo. Hoy volverás al que siempre ha sido tu refugio, tu guarida: hoy volverás a mí…  

3 de abril de 2013

CALUMNIAS


Se resistía a reconocerlo, pero no tuvo más remedio que aceptar lo que ya era un hecho: la evidencia había conseguido por fin vencer esa guerra, tras varias batallas encarnizadas enfrentada a las mentiras y el auto-engaño. Al final, la tinta que corría por sus venas se había estancado, paralizada ante la difícil controversia de tener que reflejar una falsedad que pesaba más que su propia existencia. Cansado de sonreír hipocresías y de soportar jornadas llenas de fingimiento, empequeñecido ante el avasallador reflejo de su propia frustración, había decidido poner fin a ese conjunto de sentimientos que se disfrazaban bajo el nombre del amor y el apellido de la pasión.

No habría más escritos ni novelas; no saldría de su mente ninguna otra historia sentimental, se acabarían las palabras sedosas y las frases conmovedoras. No podía escribir acerca de algo tan lejano e intangible en esos momentos para él; hacerlo suponía perpetuar una farsa, falsificando párrafos llenos de calumnias que manchaban las páginas con su cinismo. Aunque, bien pensado, se había ganado la vida así durante muchos años, relatando vivencias, inventando personajes y plasmando situaciones, no siempre basadas en la realidad ni en su experiencia. Para ser sincero, en eso consistía de alguna manera escribir: hacer que los lectores se creyesen lo que está sobre el papel, interpretándolo a su modo y disfrutando del contenido, aunque éste no tenga nada que ver con la realidad ni con la vida del que lo escribe. Pero ahora ya no era capaz de continuar; no en esa situación tan precaria, cuando el propio amor lo había abandonado y el romanticismo agonizaba víctima del egoísmo y la desconfianza.

Quiso escribir un breve cuento a modo de despedida; un texto lleno de resentimiento, unas cuantas hojas que sirvieran para vaciar su rabia y volcar todo su rencor ante una situación que era demasiado dolorosa como para no repercutir en sus palabras. Ni siquiera fue capaz de obtener dos líneas; su mente se había bloqueado y el papel, tras media hora de esfuerzo, seguía tan blanco como al principio. Algo muy significativo cuando incluso el desamor no era capaz de inspirar un relato…

Resignado ante su evidente carencia intelectual salió a la calle para refrescar su enojo. Caminó calle arriba, con la esperanza de volver a casa desprendido de la angustia que suponía asumir el final de un ciclo, o al menos aceptar la posibilidad de enfocar sus pasos en una dirección inédita. Sentado a la mesa de una cafetería, tras una sosegada reflexión, pidió permiso al camarero para echarle un vistazo al periódico del día. Revisó brevemente la portada y se dirigió sin más a la sección de ofertas de empleo. La decisión estaba ya tomada. 
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