27 de diciembre de 2015

HIPOCRESÍA


"No me lo puedo creer"; "Nunca pensé que se iba a comportar de esa manera"; "Eso no es propio de una persona de su talante". Muchas veces definimos un concepto a la ligera, damos por hecho la asunción de una determinada conducta, anticipamos una situación, o bien justificamos un carácter, dejándonos llevar por ciertos prejuicios y estigmas. Lo habitual es que estos convencionalismos estén impuestos por la sociedad en la que vivimos, aunque a veces nos los implantamos nosotros mismos y tendemos, por lo general, a infravalorar ese resultado, esa escena, o a ese individuo. Es entonces cuando, tratando de jugar a las adivinanzas de un modo un tanto miope, se nos desprenden por el camino algunas de las cualidades que definen o justifican esa acción, o bien nos quedamos en lo superficial al evaluar ese talante con cierto marchamo de especial.
Todo esto viene a cuento porque me resulta muy llamativo un hecho que se repite con asiduidad en nuestras relaciones humanas: el mundo que nos rodea crea una imagen de alguien y, a partir de esa foto fija, establece el patrón de comportamiento que sería esperable para ese individuo, basándose en endebles criterios que tienen mucho más que ver con un costumbrismo mal entendido en el seno de la manada. En esta tesitura, el que se intenta mover -rebelándose contra esa imagen impuesta y descuadra la pantalla- se ve irremediablemente abocado a la crítica velada y al mayor de los escrutinios públicos de sus congéneres, aunque ese juicio se circunscriba solo a su pequeño círculo de influencia. De ahí brotan frases como las del principio de este texto, cuando sobreviene la perplejidad y demostramos, de manera pueril, que estamos muy mal preparados para salirnos de los límites, para aguantar a la mosca cojonera que nos da la lata con su zumbido; en definitiva, para afrontar el cambio. Un cambio que, dicho así en general, gestionamos de un modo precario en la gran mayoría de las situaciones en las que la vida nos intenta colocar fuera de nuestra “zona de confort".
En efecto, si reconocer errores propios y ser capaces de adaptarnos resulta una tarea ardua, no es menos cierto que en este país todos jugamos muy bien a ese deporte tan arraigado y tan nuestro que es la crítica más gratuita y la envidia más mezquina; extendemos de esta manera una inquina y un desprecio basados en la más reprochable de las justificaciones. Sirva como ejemplo ese manido y repugnante "...como a mí me lo han hecho, yo también lo hago" que se entona apelando a una conveniente Ley del Talión, o el tristemente famoso "...ahora te vas a enterar" que blandimos sin recato, ardiendo en el fuego de la venganza, en cuanto sentimos que asaltan nuestra supuesta porción del territorio. No digamos ya si la temida "agresión" que sufrimos procede de un estamento superior, momento en el cual nos vemos legitimados, en aras de un sentido de la justicia no siempre bien entendido, para vilipendiar o restar categoría a un poder impuesto contra nuestra voluntad en la gran mayoría de las ocasiones. Signos todos, en cualquier caso, del calado moral y la preparación intelectual de la sociedad en la que nos ha tocado vivir.
No quisiera caer en el error de focalizar estas líneas en el análisis de un comportamiento social que quizás todos -por desgracia- incorporamos "de serie", cual aire acondicionado de cualquier vehículo actual. Al fin y al cabo, no es mi intención echar balones fuera respecto a una cualidad que yo también poseo y he empleado con denodada mala baba; sobre todo cuando la multitud te otorga una invisibilidad en la que te diluyes, parapetado tras el anonimato de esa Fuenteovejuna a la que tantas veces hemos recurrido. En este caso, mi intención se centra en ese "otro lado", ese reverso de la carta de la que siempre vemos el anverso, el lado habitual. Y este no es otro que el protagonista de esa humillación: esa víctima de un grupo que considera una afrenta contar entre sus filas con alguien peculiar, entendiendo como tal al que protesta y se sale de la norma, o de la rutina. Ese mismo grupo que, desde que huele sangre, le graba a fuego el indeleble sello de “diferente”, de “bicho raro”, adjetivos que le acompañarán de modo permanente, mientras persista en su cruzada contra lo convencional. Lo curioso del caso es que, con total seguridad, todos nos hemos sentido alguna vez pertenecientes a uno u otro bando: el de los que critican o el de los que son criticados, porque en esta cuestión rara vez existe el término medio, el punto equidistante de ambos lados.
Me da la impresión de que el hecho de enrolarse en ese bando de los “diferentes” no es algo que se elija motu proprio; son las circunstancias las que, en algún momento de tu vida, te conducen a la protesta, a rebelarte contra el orden establecido, a saber decir “NO” cuando todos esperan un “sí” sumiso y rutinario. Y puede resultar chocante o novedoso para los demás ver cómo te arrastras hacia el lado oscuro de la fuerza, pero tú mismo te sientes aliviado por haber roto esa barrera y, por fin, haber hecho caso omiso de “lo que QUISIERAN que ocurra”, para optar por llevar a cabo “lo que QUIERO que ocurra”. Sospecho que no existe mayor satisfacción con ese “yo interior” que vive codo con codo contigo, asumiendo a veces decisiones con las que no está del todo conforme.
En definitiva, esto sale a flote porque en estos momentos me siento así, observado por un entorno que ni comprende ni tolera que haya optado por ser combativo, por tener siempre un punto caliente que trata de polemizar contra la opinión del rebaño, por salirme del camino para ensuciarme en trayectos más farragosos. Y mis expectativas, en un futuro inmediato, se encaminan a continuar por esta senda, con el afán de priorizar mis opiniones y mis proyectos sobre los de los demás. He comprobado que, a veces, una negación a tiempo evita mayores conflictos potenciales; eso y la satisfacción personal de mantenerse firme y ser capaz de imponer tu propio criterio en una sociedad que no siempre lo ve con buenos ojos. En pocas palabras: dejar a un lado la hipocresía.

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