Uno nunca sabe qué es lo que le
deparará el futuro… La vida da muchas vueltas y, si eres afortunado merecedor
de un buen puñado de años para vivirla, es probable que algún día te levantes y compruebes que donde
hoy pone blanco, mañana ponga negro y donde hoy hay calma, mañana haya
tempestad. Bastan unas pocas semanas, incluso días, para transformar lo que
parecía inamovible en algo completamente circunstancial y que la línea que
marca nuestro trayecto vital se curve, eligiendo un recorrido diferente al
pautado en un principio. Por eso es tan importante aferrarse a lo que de verdad
importa y disfrutar tu existencia como si fuera la última vez que vamos a estar
aquí, en este mundo que nos quiere o nos odia según cómo amanezca.
Cuando uno conoce las aterradoras
historias que salpican de horror y tragedia nuestro planeta, bien sea por los
medios de comunicación, el cine, la literatura o a través de testigos directos,
lo primero que se le suele pasar por la cabeza es un pensamiento de “menos mal que no me ha sucedido a mi…” acompañado
de un suspiro de alivio. Pocas veces reflexionamos al respecto tratando de
comprender que algunos problemas se ubican mucho más cerca de lo que
quisiéramos creer. Que cualquier día podemos ser nosotros los protagonistas de
ese suceso que ha hecho florecer un escalofrío de angustia en nuestra espalda;
que deberíamos reflejarnos en ese deformante espejo de feria que son las
desgracias ajenas para no olvidar que la mala suerte acecha al doblar cualquier
esquina…
Lo cierto es que no hay por qué
tener una actitud pesimista ante la vida y esperar resignados a que los
problemas que nos amenazan caigan de lleno sobre nosotros, pero no está de más
recordar que la montaña rusa de nuestra existencia nos puede llevar a caer en
picado cuando, segundos antes, estábamos en la cúspide.
Por todo esto me ha causado tanta
impresión la película que vi la semana pasada, titulada “Lo imposible” Basada en
la historia real de una familia compuesta por 5 miembros (los padres y sus 3
hijos varones, todos menores de 10 años) que sufrió la devastación del tsunami
ocurrido en el sudeste asiático el día 26 de Diciembre de 2004, nos narra con gran
veracidad el periplo de un padre y una madre que, desolados tras la catástrofe
natural que arrasó esos lugares, buscan desesperados (cada uno por su lado) a
sus hijos en un intento por averiguar si todavía siguen vivos.
Aunque ahora la historia es de
sobra conocida, pues esta película de J. A. Bayona (director también de “El
orfanato”) se ha convertido ya en la más taquillera del cine español, no voy a
destripar el final para tranquilidad de los que todavía no la hayan visto. Pero
termina la proyección, sales del cine y sigues dándole vueltas a lo sucedido,
sin poder olvidarte de cómo te puede cambiar la vida en cuestión de segundos. Y
te pones en el lugar de esos padres, con los que empatizas al máximo al ser tú
también progenitor de dos hijos de edades similares, mientras te planteas qué
harías si te encontrases envuelto en un caos acuático de tal calibre, con la
incertidumbre y la pena de asimilar que, a lo mejor, no volverás a ver nunca
más a tus retoños. Y te emocionas, pensando que harías “lo imposible” para
encontrarlos, incluso a riesgo de perder tu vida en el intento si con eso
consiguieses verlos a salvo un minuto más. Hay una frase de Pablo Picasso al
respecto que viene muy bien para el tema del que hablamos: “Yo hago lo imposible, porque lo posible lo hace cualquiera…”
Todo esto, claro está, refugiado
tras la seguridad que te proporciona la butaca del cine al que has acudido.
Pero pensemos por un momento: un incendio, un accidente de tráfico, una
enfermedad importante… Sucesos inesperados que podrían teñir de negro nuestro
camino en un instante. Va siendo hora de que vivamos aprovechando cada minuto,
disfrutando de las cosas que de verdad importan, priorizando objetivos y
ganando pequeñas batallas. Esta frase resume muy bien esa filosofía: “La vida es corta: rompe reglas, perdona
rápido, besa despacio, ama de verdad, ríe fuerte y nunca te arrepientas de algo
que te hizo sonreír”