24 de septiembre de 2012

REENCUENTRO

Fueron quince días intensos e inolvidables. El primer beso deja su huella de por vida en los corazones afectados por ese terremoto emocional, pero la herida cicatriza de un modo mucho más intenso cuando el destino junta esa inolvidable sensación en ambos protagonistas, durante el mismo día y a la misma hora. Y eso sucedió al final del verano de aquel año que ahora quedaba tan lejano en el tiempo, aunque no así en sus recuerdos.
Había sido un mes de Julio extraño, con un clima no demasiado caluroso para aquella época del año. Casi sin buscarla, se estableció entre ellos una complicidad que fue tapizando las horas compartidas y las interminables conversaciones, surgidas al calor de agradables paseos con el atardecer de fondo. Un amor adolescente, intenso e inocente, que edificaba sus cimientos en la historia de sus vidas, mientras ambos consumían los días con una creciente dependencia de proximidad, miradas y sonrisas.
El destino jugó sus dados al final del verano y el resultado no fue beneficioso para ninguno de ellos. Viviendo en distintas ciudades y alejados por un buen puñado de kilómetros, esporádicos contactos iniciales dieron paso a un distanciamiento cada vez mayor y más doloroso, que diluyó el amor y sepultó la amistad poco a poco, latente bajo unos cuantos lustros de olvido y falta de contacto.
Era muy probable que sus trayectos vitales, tan cercanos y entrelazados en aquel momento estival, no volvieran a cruzarse a no ser que la montaña rusa de la vida les concediese otra oportunidad. Ella se había casado con un conocido empresario y cambió su residencia por motivos laborales. Él fue rebotando de un lugar a otro, hasta encontrar la estabilidad laboral y familiar en un discreto complejo residencial a las afueras de aquella ciudad costera. Pero todo se derrumbó de modo repentino una mañana de sábado.
Ocurrió durante un fin de semana convencional y rutinario, consumiendo las horas y el sueldo en la compra semanal del supermercado de un gran centro comercial. El plan posterior no era demasiado complicado: visitar unas cuantas tiendas, almuerzo fast food y cine y palomitas con la familia antes de conducir de vuelta a casa. Durante la mañana, él creyó cruzarse con una cara conocida en la sección de vinos pero las prisas, sus hijos y la elección de una botella de tinto despistaron su mente. Algo permaneció grabado de todas formas en su subconsciente: por la tarde, ya dentro de la sala y con la película a punto de comenzar, sus ojos identificaron dos filas más abajo un perfil, una manera de separar la melena con la mano, una mujer… Los años no habían robado belleza a aquella atractiva madre que, sonriente, trataba de acomodar a sus hijos en sus butacas sin llamar demasiado la atención. Él dejó transcurrir la película, casi sin aliento y con la mirada alejada de la pantalla, con un millar de mariposas tratando de escapar por su boca desde el estómago. No hubo lugar a dudas, desde el primer momento que la vio, de que se trataba de aquel amor de verano que una tarde le había regalado una de las mejores experiencias de su vida.
Salían del cine con sus respectivas familias cuando ella reparó en un rostro y una sonrisa que encendió una sonora alarma en el archivo de sus sentimientos. La imagen de un beso resonó en su conciencia y, por un momento, tuvo sensación de que le faltaba el aire. Respiró hondo y cerró los ojos, mientras volvía a su memoria el olor de aquel lugar en donde había conocido por vez primera lo que significaba estar enamorada.
Continuaron caminando, cada vez más pendientes de su posición y destino; con el mayor disimulo posible, ambos mantuvieron una distancia prudente, tratando de luchar contra una atracción que les aplastaba y obligaba a acercarse de modo peligroso. Una vez más, su mirada se enganchó por un instante y entre el gentío, nadie advirtió la explosión que, durante una décima de segundo, provocó el roce de sus manos al cruzar uno frente a otro.
A partir de entonces la ciudad no volvió a ser la misma, buscando sin buscar, deseando tropezarse para recuperar los años perdidos; las calles escondían nuevos lugares que antes habían pasado desapercibidos, la gente camuflaba caras conocidas en cada esquina y los coches transportaban anhelos de potenciales reencuentros. No pararon hasta volver a encontrarse de nuevo, esta vez bajo una intensa lluvia, a la salida de una cafetería tras el almuerzo. Demasiada buena suerte como para no ser aprovechada; demasiados besos atrasados; demasiada pasión para ser consumida en una única tarde…   

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