30 de septiembre de 2012

DELIRANDO


Creo que todavía era de noche, pero no podría asegurarlo porque el sol aparecía y se volvía a ocultar en cuestión de minutos. La gente se movía muy rápido en aquella ciudad llena de sombras y algunas caras conocidas; parecía que todo el mundo vivía con el botón de “FFWD” conectado, como si la realidad sucediera a una velocidad cuatro veces superior a lo normal. Yo también me sentía acelerado, con la respiración jadeante y dominado por una extraña debilidad. A pesar de aquella sensación de malestar, traté de levantarme, pero una fuerza invisible me obligó a permanecer recostado sobre aquel banco del parque, con forma de cama redonda y olor a manzanilla, sobre el que brillaba un extraño cilindro de cristal plateado.  
Me escapé como pude y corrí con los ojos cerrados, pero no era capaz de avanzar más que unos metros. Conseguí llegar a un pasillo muy iluminado y sentí unas ganas enormes de orinar. Salí al exterior y pregunté a un joven anciano que caminaba sobre un monociclo en dónde me encontraba. “Estás en la Calle de los Corazones Olvidados, esquina con la Avenida de las Promesas Rotas” me dijo con voz de niño. Llovían piedras y el asfalto era de color verde oscuro; al contemplarlo sentí una náusea repentina y vomité un extraño líquido de color amarillento, que se convirtió en fuego al contacto con el suelo.
Tras unas horas caminando sin rumbo, llegué a una plaza circular rodeada de edificios. Había comenzado a nevar, pero el paisaje estaba teñido de color azul, como si la nieve hubiera adoptado el color de moda en esa temporada. El frío consumía mis escasas reservas y entre temblor y temblor fui capaz de identificar unos pequeños insectos y otros crustáceos que ascendían por las paredes de los edificios, tratando de escapar del pavimento alcanzando la mayor altura posible. Cada sonido retumbaba en mi cerebro con una potencia descomunal; desorientado y aterido por el viento gélido que me rodeaba, descubrí una pequeña puerta dorada al final de un callejón. Al atravesarla me encontré en el interior de una habitación oscura, rodeado por pequeñas serpientes que se acercaban a mis pies descalzos y ensangrentados. Un repentino haz de luz blanca, procedente de un foco en el techo, quemó mis pupilas con su intensidad, transformando a todos los reptiles circundantes en paja y ceniza.    
De pronto, alguien me zarandeó por la espalda. Me di la vuelta y allí estabas tú, hablando a gritos, con la cara deformada y con un tamaño mucho mayor del que solías tener habitualmente. No entendía tus palabras, pero sonaban a reprimenda y parecías enfadada. Intuí que querías que bebiera de una especie de vaso muy brillante, que parecía contener un brebaje espeso con pequeñas luces sobrenadando en su superficie. Tras el primer sorbo, que supo a naranja muy amarga, sentí que flaqueaban mis piernas y arrodillado, me dejé caer sobre un mullido césped con olor a lavanda mientras la consciencia abandonaba mi cuerpo…


Desperté sobresaltado en medio de la noche. El sudor embadurnaba la parte superior del pijama y mi cabeza había dejado un charco de transpiración sobre la almohada, ahora mojada y pegajosa. La escasa cantidad de luz que, proveniente de una farola, traspasaba la persiana me ayudó a situar mi posición en el espacio al iluminar la densa oscuridad de la habitación. Sentado en mi propia cama, con la cabeza a punto de estallar y un dolor sordo localizado en cada una de mis articulaciones, no era capaz de recordar lo que había sucedido en las horas previas a aquella guerra en la que la cama parecía el campo de batalla. Casi por instinto extendí el brazo hacia el lado derecho y encontré tu hombro agazapado bajo el edredón. El contacto te despertó y, acariciándome la frente me dijiste “Ah, ya no tienes fiebre…” Tenía la boca seca y los ojos hinchados, con la sensación de haber dormido durante cien horas. Me acercaste un vaso de agua y tus palabras me aclararon lo que había sucedido durante aquel extraño viaje: “has estado delirando por la fiebre que te produjo esa amigdalitis tan horrible que llevas padeciendo un par de días. Conseguí ponerte el termómetro a duras penas; hoy la temperatura ha llegado casi a los 40 grados. Veías cosas extrañas y pronunciabas frases inconexas, agitando los brazos como si quisieras apartar a algo o a alguien. Tuve que luchar contra tu negativa a tomarte la medicina, pero tras lograrlo te fuiste tranquilizando hasta caer en un profundo sueño, vencido por el cansancio…”
Una incómoda sensación de haber sido apaleado me acompañó hasta la ducha. Dejé correr el agua sobre mi cabeza durante un buen rato, mientras me esforzaba en vano por recordar las alucinaciones que habían saturado mi cerebro durante el delirio febril. Un estado confusional que me transformó, por unas horas, embotando mi mente y despojándome de la capacidad de discernir entre sueño y realidad. Todavía no soy capaz de averiguar cómo he podido llegar a describirlas de un modo tan detallado…   

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