2 de diciembre de 2012

EL MONSTRUO


“Mañana me voy” La frase, escrita sobre un trozo de papel arrugado y viejo, arroja su escueto mensaje a la cara del que lo lee, escupiendo una a una tres palabras llenas de decepción que resuenan con fuerza en la soledad de una casa vacía.
Él revisa un par de veces la nota y luego se deshace de ese pequeño testamento lanzándolo por la ventana con toda su energía. Luego, se sienta en la cama y esconde su cara entre las manos, seguro de que ella cumplirá en breve la amenaza que ha escrito en ese fragmento de su rencor. No deja de darle vueltas a una idea recurrente que convive, a modo de obsesión, con su día a día desde hace varias semanas: “tarde o temprano iba a ocurrir…”  Ella se iría, lo abandonaría a su suerte, dejando tras su marcha un rastro de hartazgo y compasión. No es la primera vez que le sucede, pero tampoco puede asegurar que será la última…
La habitación se le cae encima, con la frustrante sensación de derrota que de nuevo navega por el revuelto mar de su cerebro. Se levanta y enciende un cigarrillo que consume un poco más su reducida esperanza de vida. Abre el mueble del salón y se sirve una dosis de alcohol que proporciona un minuto de calma a un cuerpo tembloroso y viciado. Lleva unos días sin encontrar el interruptor para apagar su cabeza, pero la ginebra le concede un descanso para corretear en el terreno del olvido, dejando de lado por un instante la huella del fracaso. La vergonzosa marca de un hombre incapaz de amar sin herir, al mismo tiempo, a su oponente.
La secuencia se repite una vez tras otra: apariencia y conversación agradables que se cruzan en su camino, inicio de una relación prometedora con esa mujer que podría ser la pieza que falta en su destartalada existencia, semanas de entrega y amor incondicional y, finalmente, vuelta de nuevo al solitario camino que lo transporta en silencio por el paso de los días. Entre medias, algo que no encaja: una tuerca floja en la intrincada maquinaria del deseo, un comportamiento inadmisible en la frágil línea que mantiene el equilibrio de una pareja, un carácter diseñado para el egoísmo y la soledad… Y él sabe de buena tinta qué es lo que sucede, aunque sea tan complicado asumirlo.
Sobre la mesa del comedor, una foto de ambos abrazados y sonrientes pide a gritos ser enterrada en el fondo de un cajón. Él contempla su cara, y cae en la cuenta de que antes le parecía más guapa que ahora. La música que escoge trata de llenar el vacío que le rodea, asfixiando su capacidad para recordarla con sensatez. Trozos de felicidad, jirones de una vida en común que, desconchados, dejan paso a las manchas de humedad de la conciencia. Ella se ha cansado de su desconfianza, harta de justificar ausencias y de conceder explicaciones innecesarias. Él se ha ido transformando, conforme pasan las semanas, en un animal celoso y desconfiado; ávido del deseo de vigilar a su presa, para acorralarla y terminar cazándola en la jaula de su desprecio, con la única excusa de la infidelidad. Envuelto en una atmósfera de acoso y agresividad que se exacerban cuando el guión no se atiene a sus milimétricas directrices, intenta autoconvencerse de que está en lo cierto, viendo mentiras donde no las hay y creando fantasmas donde nunca existirían. Así, día tras día, esperando un motivo para confirmar todas sus sospechas, por muy inverosímiles que parezcan.
El juego lleva grabada su propia fecha de caducidad: consumiendo etapas, desgranando discusiones, fabricando un clima irrespirable. Hasta que ella se agota, ahogándose en un laberinto de sospechas cuya única salida es la ruptura con su incansable vigilante. Porque él no cejará en su empeño, viviendo agobiado por la posibilidad de que ella le engañe con otro, por mucho que no exista justificación ni atisbo de que eso suceda. Un monstruo, el de los celos, que se alimenta de sus miedos y su inseguridad, creciendo a cada “gesto sospechoso”, sean llamadas familiares, conversaciones intrascendentes o risas amables. Irascible, avasallador, poderoso, adueñándose de su voluntad para convertirlo en un ser violento y despreciable.
“Mañana me voy” La letra irregular y pequeña, pero con suficiente valor como para anunciar su renuncia, resume semanas de inseguridad y hastío. Da la impresión de que se ha escrito para remarcar el hecho que representa: la huida, la deserción, el alejamiento de quien no suponía otra cosa que un lastre que acabaría hundiendo sus ilusiones. Ella podía haberse ido sin más, sin previo aviso… y es posible que cuando él lea la nota ya se encuentre muy lejos de su influencia; pero desea enfatizar su resolución, dejándole una última muestra que le aclare su derrota. Aunque sea algo que tendría que haber hecho ya hace tiempo…
La imagen borrosa de esa frase vuelve a su mente, ahora empapada por el líquido que antes contenía la botella vacía. Con los ojos llenos de lágrimas amargas, intenta recordar una etapa que pudo ser mejor sin su febril manera de controlar cada segundo de su existencia. Defraudado de nuevo, vencido por su propio carácter, enciende el ordenador y busca en la red la página de contactos y citas a ciegas que tan bien conoce: para reclutar a otra víctima que intente llenar su inabarcable soledad; para culparla de su propia incapacidad de amar y ser amado; para atormentar su vida y ahorcar su paciente cariño; para comenzar de nuevo…      

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