8 de octubre de 2012

ONLY FOR YOU


Se termina un fin de semana más largo de lo habitual. Estás en casa, intentando concentrarte sumergido en las páginas de un libro que ha tratado, en vano, de sustituirla en tus pensamientos. Ni siquiera has llegado a olvidarte del último café compartido, hace ya unas cuantas semanas, hipnotizado por su atractiva manera de recogerse el pelo y calado hasta los huesos por su envolvente sonrisa, mezcla de mujer misteriosa y niña traviesa. Entre párrafo y párrafo de la novela, una imagen fugaz del lunar de su cuello trastorna la escasa atención a esa página interminable, perdiendo el hilo para retornar con tu mente a aquella tarde de felicidad. Decides abandonar la lectura, con la idea de reflejar sobre un papel todo lo que no le dijiste cuando estaba a medio metro de tu apocado discurso.
Pones música suave, enciendes el portátil y te preparas para escribir ese enjambre de pensamientos que protestan alborotados, deseando salir de tu cerebro. Estás convencido de que la cobardía y el silencio de aquel encuentro van a ser restañados ahora, con palabras precisas y frases sinceras, desnudando un sentimiento que saldrá a la luz parapetado tras la pantalla de un ordenador y protegido por la distancia entre ambos. Piensas que te importa poco, con tal de que ella lo lea en algún momento y conozca el motivo de tu insomnio…
Los dedos acarician el teclado, deseando saltar ágiles de letra en letra y construir un texto convincente que refleje todo lo que has sentido estando a su lado: lo mucho que admiras su optimismo y la manera vitalista de enfrentarse a la vida, la infantil timidez con la que desequilibra tu seguridad, lo apasionante que resulta vivir en una montaña rusa de ilusiones y esperanza, la magnética sensualidad de sus labios… Tienes toda esa teoría esperando impaciente para escaparse por la punta de tus dedos, pero la pantalla sigue en blanco, irradiando una molesta luz que hace que parpadees y, desanimado, te levantes a buscar la inspiración en el fondo de un vaso de bourbon.
Recuperas tu posición ante el vacío, ahora con el tintineo de los hielos acariciando el cristal de esa copa que te ha inyectado confianza. Todavía crees que serías capaz de obtener un sobresaliente, pero ya empiezas a conformarte con el aprobado en ese autoexamen de redacción. De pronto, aterriza una idea brillante, adecuada para un inicio que pueda captar su atención, seguida por un párrafo contundente en el que empiezas a dar muestras de tus intenciones. Una lectura rápida con el ceño fruncido analiza el resultado y decides borrar la mayoría de las expresiones, convencido de que no tendrá sentido seguir por ese camino. Ha pasado media hora y el contador de palabras marca "32"; un pobre bagaje que no hace honor a lo que pretendías confesarle al mundo, a tu mundo, que ahora se reduce al lugar que ella ocupa y al aire que respira.
Cierras los ojos con la esperanza de que el recuerdo de su voz y de su olor te proporcione la fuerza necesaria para continuar; escribes, rectificas, vuelves al principio de esa frase sin sentido, corriges la gramática, cambias el significado, consultas un diccionario, intentas ser original… Ella te inspira el verbo más cálido y la conversación más ingeniosa cuando compartís esos dos metros cuadrados de magia en los que el tiempo se detiene, pero no eres capaz de confesar tu amor ni de conquistar su boca, consumido por el fuego de su proximidad y aplastado por tu propia inseguridad y falta de autoestima. La frustración se suma a la angustia al comprobar que tampoco eres capaz de arrancarle un par de páginas a tu corazón, insertarlas en un mensaje y lanzarlas a la red para que lleguen, transformadas en kilobytes, a su destino.
Desganado y vencido por tu propia incompetencia, apuras el líquido restante y buscas otra manera de expresar tu deseo. A lo mejor un libro, o una canción que le guste, o un poema olvidado, o una cita reveladora… Concluyes que sería más fácil hablar con ella cara a cara, pero la simple idea de hacerlo muda el color y el calor de tu rostro, congestionando tus mejillas como si de un camaleón enamorado se tratase.
Cierras el archivo que contenía el breve relato inconexo que has sido capaz de perpetrar; antes, lo guardas para no perder la ilusión de volver a retomarlo en otro momento. Para qué engañarse: mejor claudicar y abandonar la idea de transformarte en escritor por un instante, convencido de que habrá otras facetas en las que saldrán a la luz tus habilidades. Con desgana, revisas por última vez el correo electrónico, que respira latente tras la pestaña del navegador. Acumulas 27 mensajes sin leer, pero hay uno que llama especialmente tu atención. La lectura de quien lo envía provoca un pequeño temblor en la mano que maneja el ratón, dificultando dirigir la punta de flecha hasta colocarla encima de su nombre. No puede ser: ella te ha escrito un correo... y lo ha enviado. En la columna que muestra el “Asunto” del mensaje, una frase derriba la muralla de tu cautela, permitiendo que una ola de imaginación y confianza conquisten cada minuto que transcurrirá hasta que vuelvas a verla. Una frase en "negrita" que simplemente dice “Only for you”        

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