3 de marzo de 2012

TORPEZA


Seguía recordando de manera intensa los quince minutos de conversación que habían mantenido un par de días atrás, a la hora del café. Cara a cara, tan cerca pero al mismo tiempo tan alejados, hipnotizado por el suave olor de su perfume, mientras la imaginación profanaba situaciones, lugares e imágenes en las que ella era la protagonista principal. Entre sorbo y sorbo de un café que le supo más dulce que de costumbre, tuvo que hacer grandes esfuerzos para disimular una involuntaria aunque delatadora falta de atención hacia sus frases y el contenido de la conversación; tratando de domesticar su timidez, su papel se limitó a asentir como un idiota, mientras un silencio atronador se hacía dueño de sus oídos y el resto de los sentidos se veía abocado a la catástrofe más absoluta, luchando en vano para no abalanzarse sobre su boca. Aturdido, cegado como una polilla por la luz de su sonrisa y atraído por esos labios que, cual agujero negro que con su infinita fuerza gravitatoria absorbe todo lo que lo rodea, no hacían otra cosa que engullir materia a su alrededor.
Se había quedado con frases aisladas, inconexas, que surgían como islotes en un océano de perplejidad: “…me parece fantástica tu opinión…”, “…tú sí que sabes hacerme reír…”, “…un día lo discutimos cenando…” Apostaría su orgullo a que ella no era consciente de la tragedia que desencadenaba en sus funciones metabólicas cuando le rozaba de manera inconsciente con la mano. Atrayendo a su cuerpo, que tendía a inclinarse haciendo saltar las alarmas de colisión, como si su carga positiva quisiera anularse con su negatividad, evidenciada tras caer en la cuenta de que, posiblemente, todo eso fuera solo producto de su imaginación.
Tras ese cuarto de hora que mantuvo su taquicardia durante hora y cuarto, la charla fue aminorando su velocidad y no tuvo suficiente aplomo ni capacidad de reacción para obtener de aquel encuentro la promesa de que volverían a verse en breve. Mendigando una cita en el imaginario País de la Felicidad, suplicando entre susurros inaudibles un encuentro furtivo, ofertando en su mente la puja más alta para apoderarse de su corazón… Intentos fallidos, cobardes y desesperados, por hacer que entendiera el hecho de que, cuando se acercaba a él, dejaba de ser alguien coherente; un animal amaestrado que buscaba su mirada y la recompensa de su compañía.
El tiempo avanzaba, pero a esas alturas ya no supo discernir si muy lento o demasiado rápido; tocaba poner fin a ese apacible diálogo, no sin antes sentir un vacío asfixiante ante el dubitativo momento en el que los ojos de ambos se cruzaron, sosteniendo una mirada mutua, dañina, que pedía a gritos un beso de despedida mientras sus cabezas trataban de acercarse como unidas por un hilo invisible de sensualidad.  Fue ahí donde se puso de relieve toda su torpeza social, que crecía de manera exponencial con el paso de los minutos a su lado: una sonrisa tímida y nerviosa, acompañada de una aséptica y trillada frase del estilo “bueno, ya nos veremos…” que simuló un apagón definitivo en el deslumbrante encuentro ocasional. El contador de revoluciones por minuto de su corazón alcanzó de nuevo la zona de “fuera de peligro” y se despidieron con un frustrante e insípido apretón de manos, únicamente aderezado por la sal de su sonrisa.
Quiso imaginar qué sucedería cuando volviera a verla de nuevo. Por su cabeza atravesó la imagen fugaz de una cena al aire libre en la que, bajo el influjo de una botella de vino, conversaban sonrientes mientras el mundo se paraba a contemplarlos. Ese mismo día realizó una llamada a uno de los restaurantes mejor valorados de la ciudad; reservó una mesa: cena para dos personas. Y se prometió a sí mismo que esa noche, acompañado de aquella belleza de piel morena, dejaría encerrada a su torpeza en el fondo del trastero.     

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