21 de enero de 2012

UNA ESCALERA

Serían las 4 de la madrugada (las 5 por la hora "nueva"...) cuando me desperté bañado en sudor y con un extraño zumbido que martilleaba mi cabeza sin descanso. En medio de la espesa oscuridad traté de alcanzar con mi mano el interruptor de la luz de la habitación. No fue hasta que la encendí cuando caí en la cuenta de que me encontraba solo en aquella cama. En medio de esa especie de amnesia y embotamiento que te lastra el cerebro recién recuperado del sueño más profundo, intenté reordenar las últimas horas transcurridas para que la cordura comenzara a disipar la niebla de la confusión que caía sobre mis ojos en ese momento.

Lo primero que atravesó mi mente fue un olor. Era agradable y al mismo tiempo me resultaba familiar. Sentado en la cama, no sin cierto temor a lo desconocido de la noche, dirigí mis pasos hacia el baño para refrescar mis ideas bajo un chorro de agua fría que tuvo el efecto de un aguijón en el lóbulo frontal. Sin embargo, el olor seguía presente. Tras una mirada desenfocada al espejo del lavabo, con la cara todavía humedecida, me costó reconocer la ropa que llevaba puesta en ese momento. Rara vez solía acostarme con pijama o algo parecido, pues el calor constante de esa casa era suficiente para mantener las constantes vitales sin la necesidad de prendas de protección nocturna, pero esta vez era distinto... Sintiendo un escalofrío que me recorrió de arriba a abajo la espina dorsal, fui consciente de que aquel recinto era totalmente desconocido. Me encontraba en una habitación que no era la mía, con una cama que nunca había aguantado el peso de mi cuerpo y con una camiseta y un pantalón que bien podrían haber sido de otra persona... aunque ahora cubrieran mi anatomía con una comodidad, como mínimo, desasosegante. Al menos, la camiseta desprendía una fragancia suave pero dulzona que, de manera apabullante, acabó por resucitar mi estuporosa conciencia ¡Eso era lo único que me mantenía conectado a mi mundo, a la realidad desnuda de mi cuarto caluroso y seco! El recuerdo de un registro oloroso grabado a fuego en mi pituitaria.
¿Cómo no había sido capaz de caer en la cuenta de que ese aroma era tu firma personal? Maldiciendo el imperdonable olvido, emprendí a ciegas el descenso por la escalera de caracol que conducía al piso inferior. No me encontraba en un lugar familiar, sin duda, pero de algún modo que no sabría explicar adiviné el camino que me separaba de ti entre la mínima luz que irradiaba del destello de una chimenea encendida, invadiéndolo todo de sombras fantasmagóricas. Allí estabas tú, cerca del fuego y las brasas chisporroteantes, con el cuerpo envuelto en una manta y esa expresión de fragilidad tan sensual que sí conocía; el reflejo anaranjado de las llamas maquillaba tus facciones, convirtiendo el conjunto de la cara en una imagen más bella, si cabe, de la que mostraba a la luz del día. Mi presencia jadeante te hizo girar la cabeza, regalándome una sonrisa que me supo a frescor en medio de una noche tan confusa.
    Te he estado esperando, pero dormías tan plácidamente que no te quise despertar -me dijiste, mientras te abrazabas a mi torso soltando tu manta protectora-
   Acabo de despertar completamente cuando te he visto sonreír de esa manera... 
Ahora comprendía por qué mi ropa olía así. Compartiendo entrelazados el lecho de esa fría habitación, el perfume de tu cuerpo se había adherido a mi ropa de una manera indeleble. Siempre me había gustado esa mezcla de esencias florales, pero en ese instante comprendí que permanecía instalada en mi memoria desde el primer día en que te acercaste y pude oler tu cuello. No llegaba a entender cómo había sido capaz de olvidar, ni siquiera por un momento, la sensación de felicidad que colapsaba mis sentidos al tenerte cerca. Me convencí de que sería culpa del sueño y la noche tan extraña que se desplomaba ante nosotros, pero ahora podía sentir tus caricias a mi lado, compitiendo en calidez con el fuego que mantenía habitable aquel frío salón. Me acomodé contigo en el sofá, cerré los ojos y me dejé llevar por el susurro de tus palabras en mi oído.
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No había sonado el despertador y la oscuridad llenaba todavía cada esquina de la casa. Serían cosas del cambio de hora. Me despertaste con un beso infantil en la mejilla, recordándome que llegaría tarde a mi cita de esa mañana. Cuando conseguí despegar mis ojos y adivinar tu silueta, todo volvía a ser identificable y familiar: la cama, el calor pegajoso de la habitación, los muebles... y mi cuerpo desnudo. Respiré hondo al mismo tiempo que el agua de la ducha desentumecía mi musculatura y mis dudas ¿Un sueño? ¿Un recuerdo del pasado? Sin tiempo para reflexionar sobre lo ocurrido, apareciste como por arte de magia en el baño con un vaso de zumo de naranja en una mano y una tostada con mermelada en la otra. Llevabas un vestido precioso de Hervè Leger que parecía estar hecho a la medida de tu silueta, realzada por esos zapatos de interminable tacón de color amarillo que tanto me gustaban. Al mismo tiempo que te volviste a mirar al espejo por enésima vez,  te dirigiste a mí y dejaste escapar una sonrisa entre tus labios...
   Recuerda que esta tarde iremos a ver esa casa tan bonita que nos recomendó tu amigo; adoro la idea de vivir en un sitio con chimenea y escalera de caracol...
Las palabras retumbaron en mi interior con el eco de cientos de tambores. Tan sólo pude alcanzar tu cintura y abrazarte como nunca lo había hecho. Volví a bucear entre tus cabellos y, llenando mis pulmones con las partículas de tu perfume, comprendí que iba a vivir el día más maravilloso de mi existencia a tu lado.

1 comentarios al respecto...:

LINO GARCIA GAMBINO dijo...

Ya hemos comentado en otra ocasión, que nuestro cerebro (del que apenas conocemos una pequeña parte)cuando cerramos los ojos y nos dormimos, nos puede jugar malas pasadas.

Utiliza nuestras vivencias, nuestras ilusiones,nuestros deseos, nuestros miedos, nuestras dudas..., para de repente "montarnos" unas historias paralelas que por momentos nos hace dudar hasta de nosotros mismos.

Menos mal que cuando despertamos, solemos encontramos con lo que realmente hace que tengamos "los pies en la tierra". En este caso, esa mujer que hace de lazo de unión entre lo real y lo ficticio.

Mi canción para este relato es:"Miss You" de "Trentemoller"


http://www.youtube.com/watch?v=5DUCKGyojpE


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