21 de octubre de 2013

EFECTOS SECUNDARIOS

Resulta curioso: eres la misma pero ya no te veo igual… Ayer llegaste al trabajo y percibí algo diferente cuando me saludaste: un gesto espontáneo, una ligera variación en tu mirada y en el tono de tu voz; incluso el propio hecho de que pasases a mi lado y me dedicases un “buenos días” ya era atípico por sí mismo. No podría asegurar el qué, pero te notaba distinta, peculiar, resultado de una metamorfosis extraña que hubiera multiplicado tu magnetismo hasta límites irresistibles. Debo reconocer que me sentí halagado por tu breve e inesperada atención, que convirtió una mañana anodina en todo un reto para volver a coincidir contigo en las siguientes horas allí encerrados, entre papeleo, ordenadores y llamadas telefónicas.

Me hubiera gustado saber si todo eso era fruto de mi imaginación, o bien obedecía a un deliberado cambio de actitud en tu manera de tratar conmigo. Lo cierto es que, esa misma tarde, entraste en mi despacho arrasando a tu paso, con tu sonrisa, toda forma de vida inteligente en el planeta. “¿Quién te has creído que eres para poner patas arriba ese frágil equilibrio senti-mental en el que sobrevivo a duras penas?” pensé yo, mientras trataba de recomponer en mi cerebro el puzle de emociones que tu presencia había desbaratado. Siempre habías estado ahí, discreta, neutral, incluso áspera a ratos… pero siempre también guapísima y poseedora de un atractivo fuera de rango. Y ahora, entras a saco por la puerta falsa de mi corazón, haciendo saltar todas las alarmas anti-enamoramiento, seduciendo mi torpeza y sonriendo ante mis meteduras de pata, para provocar fuegos artificiales en mi confuso pensamiento y hacerme sentir que no tenga otra cosa en la cabeza que la ilusión de pasar el próximo fin de semana lloviéndote a besos, contemplándote empapada por tormentas de caricias, sin más lugar en donde cobijarte que en la seguridad de mi abrazo.

No, no es posible un cambio tan pronunciado en tan corto espacio de tiempo; he debido ser víctima de una ilusión adolescente, columpiándome en el trapecio sin red de tu sensual manera de caminar por la oficina y desatendiendo tu conversación al contemplar el hipnotizante influjo de tus labios, que moldean palabras y frases en las que el significado es lo de menos. Si hasta hace pocas semanas pasaba desapercibido ante tus ojos, con la esperanza de que al menos te fijaras en mi nueva camisa o ensalzaras el buen gusto en la elección de mi corbata. Pero siempre acababa con la impresión de tener el don de la invisibilidad al estar a tu lado; un ser transparente que no merecía más atención que la de esquivar su presencia al encontrarse frente a él por un pasillo. Ahora, desde hace unos cuantos días, buscas mi conversación y mi compañía, sin ser consciente del descalabro emocional que suscitan en mi existencia los minutos a tu lado, tratando de respirar ahogado entre tanta belleza mientras contemplo la posibilidad de una noche perfecta a la vuelta de la esquina. Definitivamente, algo se me escapa y no acabo de adivinar el qué…

Hoy han venido al trabajo un par de agentes de policía acompañados de mi psiquiatra. No comprendía nada, pero me llevé una gran sorpresa cuando se dirigieron a la cafetería, en donde me encontraba hablando tranquilamente contigo y me comunicaron que estaba detenido por acoso sexual e intento de agresión a una compañera de la oficina. Como no podía ser de otra manera sostuve mi inocencia, convencido de que se trataba de un grave error. El doctor mencionó algo acerca de las consecuencias “de un grave deterioro de la evaluación de la realidad…” y de mi reiterada costumbre de abandonar el tratamiento. Reconozco que llevaba bastante tiempo sin tomar mis pastillas, pero tenía que dejarlas: ese litio desconcierta mi mente de manera progresiva, me provoca temblores y creo que estoy ganando peso y perdiendo pelo desde que me lo recetaron. Pero lo que de verdad más me extrañó fue tu reacción; sigo sin encontrarle una explicación a tu modo de mirarme y al hecho de que no me dijeras ni una palabra cuando pasé a tu lado, esposado, camino del hospital. Definitivamente, a las mujeres no hay quien las entienda… 


2 comentarios al respecto...:

LINO GARCIA GAMBINO dijo...

Cuando comencé a leer el relato, estaba convencido de que todo conducía al comienzo de una relación AMOROSA.

Pero como otras ocasiones, le has dado un giro inesperado y resulta que el protagonista es esquizofrénico.

Esta enfermedad siempre me ha parecido un gran problema (por no utilizar un término más fuerte y contundente)para la gente que la sufre.

Y nunca mejor dicho porque tiene que ser un gran sufrimiento no sólo mental, si no también social convivir con un mal que hace que tu vida no sea tu vida, que tu percepción de la realidad no sea la misma que la de las "personas normales", y lo de la medicación ya no digamos... "Hace que te sientas mejor", ¿pero a costa de que?.

Mi canción para este relato es: "Metamorphosis 2" de Philip Glass.

www.youtube.com/watch?v=CcyTyLqkvoU

Y es que en realidad, la metamorfosis que él le atribuye a ella no es otra que la suya propia.

Un saludo.

MIGUEL DÍAZ dijo...

Muy buen diagnóstico el tuyo, Lino. Me ha gustado mucho esa última frase, que resume muy bien lo que he intentado reflejar en el relato: todos esos cambios que él percibe en ella no son tales... están solamente en su cabeza.
Gran problema que esa relación, tan bonita en su inicio, no pueda llevarse a cabo. En este caso, ni siquiera existe, por desgracia.

Gracias por la música aportada. Inmejorable.

Un abrazo!

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