3 de septiembre de 2011

NO ME ATREVO...



"Otra noche más en blanco..." pensó, mientras el despertador daba el pistoletazo de salida al último viernes del mes.

Llevaba ya unas cuantas semanas en las que no necesitaba ninguna alarma para poner su cuerpo en marcha a primera hora de la mañana, por el simple hecho de que su descanso nocturno no pasaba de un par de horas, tres a lo sumo, consumiendo el resto de los interminables minutos en una lenta y pesada tortura que se repetía madrugada tras madrugada, ahogado en preocupaciones, sin parar de dar vueltas en una cama que cada vez era más incómoda. 
Tenía la impresión de que su mujer comenzaba a sospechar; en más de una ocasión se había visto sorprendido por ella cuando, a hurtadillas y en plena oscuridad, regresaba a su cuarto a las tres de la mañana. Un hombre vencido por su sensación de culpabilidad, tratando de acomodarse en su lado de la cama sin perturbar su descanso y, por ende, el del resto de su familia: a pocos metros, en el cuarto adyacente, dos gemelas de 7 años mantenían dormida su inocencia, ajenas por completo a la insomne vigilia de su padre.

Se puso en pie con el monótono soniquete de la alarma; al fin y al cabo su día había comenzado ya mucho antes. Descendió las escaleras camino a la cocina con una opresiva cefalea que al parecer había llegado para quedarse. Como todas las mañanas, preparó el desayuno familiar y recogió el periódico depositado ante su puerta, acompañando el gesto con un suspiro profundo, no exento de apatía e incredulidad. A los pocos minutos la cocina era un bullicioso recinto donde se mezclaban risas, riñas y olor a café y tostadas. 

Volvió a su dormitorio para escuchar de fondo las noticias en la radio acompañando al afeitado y a la ducha. Todo sonaba similar al resto de los días: crisis económica, catástrofes naturales e indignación y descontento generalizados llenaban los titulares de cualquier noticiario. Mientras ajustaba el nudo de la corbata frente al espejo, masculló un casi inaudible "cada día estamos peor" con el que se dirigió pensativo escaleras abajo.

Apuró de un trago el café casi frío que esperaba en la mesa, recogiendo apresurado el maletín y el periódico. Después, un beso y una sonrisa a cada una de las tres mujeres de la casa, como peaje antes de salir por la puerta para dirigirse al garaje. En cuanto llegó al ascensor, su cara adoptó un rictus serio y triste que había tratado de evitar entre aquellas cuatro paredes. Dejó caer su cuerpo en el asiento del coche y, desganado, condujo hasta el final de la calle, aparcando a escasos cien metros de su casa.

Dos cigarrillos más tarde vio salir por la puerta a sus hijas, acompañadas por su madre, camino del colegio. Instintivamente trató de ocultarse tras el periódico, abierto por la sección de "Ofertas de Empleo" Un día más subrayando en fluorescente promesas potenciales; un día más saliendo de casa para acudir a un trabajo inexistente; un día más mintiendo, sin atreverse a contar la dura realidad de un despido tan inesperado como injusto; un día menos para llegar a fin de mes, alargando un subsidio que no llegaba ni para quince días...
Y tras la enésima mirada a un reloj que creyó parado por su lentitud, abrió la puerta del coche, con el periódico bajo el brazo, para dirigirse a la cafetería en la que ya conocían que su primera petición sería un café solo y un whisky doble, en el que ahogar su decepción derramando unas cuantas lágrimas. Las lágrimas de una situación demasiado desagradable y difícil de digerir para alguien que, tan solo unos meses antes, escuchaba con otra expresión las noticias al afeitarse, pensando en su complicada pero segura jornada laboral. 

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