3 de mayo de 2013

PALABRAS QUE HIEREN



Ha pasado casi una hora y ya no se oyen las voces procedentes del interior del piso; una discusión a gritos que ha alertado a todos los vecinos del pequeño edificio situado al fondo de la calle, en la esquina con la Plaza de la Fuente. El silencio es ahora tan espeso que se hace difícil respirar en su atmósfera, atrapados por esa incómoda presencia, que oprime la garganta y no permite que emerjan las palabras. Unas palabras que momentos antes salían a borbotones de ambas bocas, altivas, empapadas del desprecio con el que se viste el rencor acumulado, hiriendo el orgullo de su oponente con su incandescente veneno, apuntando directamente a las heridas que siempre dejan la culpa y la debilidad.

Él permanece sentado en el borde de la cama, cabizbajo, con las manos sosteniendo el peso de la cabeza, tratando de perderse con la mirada entre el laberinto de los dibujos de la alfombra. Ella humedece un pañuelo de color negro con su llanto mientras escucha de fondo el bullicioso ir y venir de la gente en la calle, que transita viviendo ajena al dolor y a la rabia que se desarrollan en esa cárcel de tristeza. Exhaustos por la batalla de sentimientos y el odio vertido en cada frase, han decidido por agotamiento pactar una tregua que lleva implícito el mutismo; un paréntesis que contempla el cese de las hostilidades, en forma de frases y amenazas, que no han dejado de perforar los cimientos de su relación; unos años en común de los que apenas quedan algunos recuerdos en pie. Tratando de evitar los ojos de su contrincante, a riesgo de caer por un segundo bajo el atisbo de la debilidad, de una esperanza ante la que calentarse con los rescoldos del pasado. No, eso no puede suceder, piensan, mientras su instinto de protección trata de recuperar porciones de dignidad que se han desplomado por el camino. Encerrados frente a frente en el reducido espacio de una habitación que desprende olor a fracaso, deseando escapar hacia donde les lleve la esperanza, lejos de ese antro macilento y frío.

Pasan los minutos, remedando horas repletas a cada segundo de incertidumbre, tensión e impotencia. Las voces siguen apagadas, desgarrando con su ausencia la tenue frontera que separa la redención de la condena. Ninguno se atreve a dar el primer paso, avanzando de manera inexorable hacia un “punto de no retorno” en el que muy probablemente dará comienzo otra vida, otra aventura, dado el carácter irreversible de una disputa que, a todas luces, se antoja definitiva. No importa el motivo de la misma; es algo secundario cuando la convivencia se ha erosionado hasta tal punto que el deterioro afecta a todas las esferas y a todos los ámbitos de una vida que ya no es tal. No ha lugar para una frase más; no cabe más dolor ni brotan ya más lágrimas…

Consciente de estar asomado al abismo y aferrado a una última esperanza, él se incorpora y tiende su mano, tratando de no quemarse bajo el resplandor de unos ojos cuyas pupilas son dos ascuas que miran sin mirar, preguntándose por qué era necesario llegar hasta ese punto, hasta la cima del dolor que supone la ruptura, el alejamiento, la desunión de un todo que ahora es irreconocible. Ella traga un nuevo sorbo de su orgullo y se acerca despacio, respondiendo al ofrecimiento, de modo que él pueda abrazarla, todavía sentado, entrelazando los brazos en la parte inferior de su espalda y apoyando la cabeza en su vientre. Casi de modo inaudible, para no perturbar con su sonido el denso y viciado aire que todavía rellena la habitación, de sus labios se despoja un “lo siento” rebosante de sinceridad, que muere entrecortado entre sollozos y suspiros en común.

El calor de la tarde se apacigua y la ventana deja entrar una luz perezosa, perdido ya el sol tras la colina en la que tantos días jugaron a intercambiar sus corazones. Hoy han caminado descalzos sobre el agudo filo de la soledad, bordeando de nuevo territorios inhóspitos en los que la palabra “amor” ha sido desterrada; hoy el fantasma de la derrota ha sobrevolado sus cabezas, ensombreciendo con su cruel silueta cualquier solución desesperada. Hoy termina el día con una boca buscando a la otra, deseosa de reparar con creces el daño impartido con cada una de las palabras. El “hoy” echa de menos al “mañana” deseando que pasen las horas consumidas en común, cobijados bajo una pasión sin límites, producto de los momentos de tensión acumulada. El pasado reciente es sepultado bajo el enorme peso de una caricia. Lo que suceda a partir de ahora, al menos hasta el próximo enfrentamiento, no importa…  

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