5 de enero de 2013

NOCHE MÁGICA

Para mis niños; un cuento en la Noche de Reyes, deseando que hoy se cumplan todos sus deseos...


Era el día previo a la llegada de los Reyes Magos y hacía frío en aquella noche especial. En pocas horas los hogares se llenarían de regalos, respondiendo a toneladas de ilusión que todos los niños habían depositado, en pequeñas porciones, en ese buzón que haría llegar sus cartas hasta los Magos de Oriente. La emoción y el nerviosismo se respiraban por todas las calles y en los edificios cada vez brillaban menos luces encendidas, señal inequívoca de que casi todo el mundo se había ido a la cama con la esperanza de despertarse y encontrar bajo el árbol todo lo que habían pedido… y alguna que otra sorpresa.

Como en tantas otras, la oscuridad se había adueñado de aquella casa y el silencio de la madrugada dominaba el amplio salón. En una esquina, el árbol de Navidad parecía haberse marchitado, una vez que las luces que lo iluminaban, arremolinándose ensortijadas a su alrededor, habían apagado su intermitente brillo. De pronto, se escuchó una voz dulce y suave que difuminó la quietud existente hasta ese momento:

—Cada año que pasa me encuentro más gorda y brillante… Los excesos de estas fiestas no me sientan nada bien –dijo la bola de color dorado que pendía de una de las ramas del árbol.
—Pues debe ser algo contagioso, porque a mí me sucede lo mismo –proclamó rotundo el gran muñeco de nieve de juguete que sonreía feliz al lado del sofá.
—No disimules –respondió una vela de colores que adornaba el centro de la mesa, rodeada por un par de piñas y varias hojas de acebo–. El otro día me dejaron encendida y si no fuera por mí, te hubieras comido la bandeja de polvorones. Espero que hoy respetes lo que han dejado para los camellos…
—A mí se me cae más pelo conforme pasan los años navideños –afirmó la cinta de espumillón contrariada y deseosa de protagonismo, retorciéndose sobre un cuadro del salón al que adornaba.
—Si al menos pudiera mantener la línea como esos bastones de caramelo… –respondió la oronda bola, con tono resignado.
—Claro, lo que vosotros no sabéis es el trabajo que nos cuesta bajar los niveles de azúcar y mantener controlada nuestra diabetes –comentaron al unísono dos bastones a rayas blancas y rojas que colgaban de las ramas superiores, entre un ángel y un Papá Noel medio despistado.
—¡Basta de cháchara!
El tono de la frase despertó a la mayoría de las figuritas del Belén, que dormían plácidamente tras una semana de intenso trabajo. El sonido procedía de los grandes calcetines colgados de la chimenea, que estaban más inquietos que de costumbre. Tomaron la palabra para silenciar aquel alboroto, temerosos de que Sus Majestades escucharan ruido y decidieran pasar de largo. Todos los adornos acataron la orden, excepto la estrella que presidía la cúspide del árbol: consciente de su posición privilegiada, intentó captar la atención de todos desde su altura; carraspeó por un instante y en tono muy serio dijo:
—No me extraña que el año pasado estuvieran a punto de dejarnos solamente unos pedazos de carbón. Armáis tanto escándalo que hasta Papá Noel dudó si descender o no por la chimenea; no hace falta que os recuerde que al final, asustado por el jaleo, tiró los juguetes desde arriba y salió pitando de aquí. Opino lo mismo que los calcetines: si no nos callamos de una vez, este año será incluso peor que el anterior. De vosotros depende…
Se miraron unos a otros, reconociendo su culpabilidad. Estaban de acuerdo con la arenga que la estrella había vertido; incluso una galleta de jengibre, asustada por el sermón, comenzó a llorar, siendo consolada por un mazapán superviviente del gran plato de dulces que ocupaba el centro de la mesa del salón.
La casa recuperó en pocos minutos el silencio. Entre demandas y sugerencias, los adornos navideños retomaron resignados poco a poco la calma:
—Yo el próximo año quiero más luces de colores –solicitó el árbol, que hasta ese momento se había mantenido en un discreto segundo plano.
—A mí me gustaría poder volar de verdad –sugirió el reno de paja que sostenía la puerta del pasillo–. Y no tener esta nariz roja tan fea…
—Yo propongo que desaparezcan del belén el buey y la mula –comentó el ángel que colgaba sobre el portal, mientras los animales le miraban enojados–. Al parecer, es lo que estará de moda a partir de ahora.
A pesar de las discusiones y los caprichos, la actividad se fue apagando paulatinamente hasta que toda la casa enmudeció por completo. En pocas horas la magia de los Reyes Magos transformaría aquel salón, depositando bajo el árbol y dentro de los calcetines un montón de juguetes que seguro dibujarían, a la mañana siguiente, la sonrisa más valiosa en el rostro de los dos niños que habitaban en aquella casa. Y eso era lo único en lo que todos los adornos, año tras año, estaban completamente de acuerdo.    

4 comentarios al respecto...:

Anónimo dijo...

El cuento "nos" a gustado mucho. Y digo "nos" porque tuve la suerte de poder compartirlo con mi hijo y mi sobrina, lo que hizo que se convirtiese en un momento entrañable.

Tenerlos tumbados en la cama, pendientes de lo que les iba a leer en esa postura tan de niño (boca abajo, manos sujetando su cabeza y con las piernas dobladas y en angulo) me encanto y sus comentarios a medida que iba leyendo aun mas...

Mi sobrina por ejemplo, cuando los adornos cobraron vida, miro a su primo y le dijo toda convencida: "Ves... los adornos cuando nosotros dormimos se despiertan y hablan... A mi me lo conto mi mama... por eso no se puede hacer ruido por la noche..." :):):)
Y D se mosqueo con el hecho de que tanto jaleo pudise llegar a espantar a Papa Noel o a sus Magestades... No podia ser... un poco de seriedad...

En fin... como digo fue un momento entrañable (bendita inocencia) de esos que hacen que la Navidad sea una epoca muy especial...

Espero que los Reyes cumpliesen tooodos vuestros deseos (por pedir que no sea).

Mi cancion para este cuento es: "Amy's Lullaby" de Mars Lasar. El titulo no es muy navideño, pero cada vez que la escucho me recuerda estas fechas...

Un saludo!!

MIGUEL DÍAZ dijo...

Me alegra mucho que les haya gustado este cuento. No estaría de más que a veces volviésemos a tener la visión tan inocente y llena de felicidad que poseen los niños, a la hora de inventarse historias, de ver la vida, de disfrutar con las pequeñas cosas del día a día... Y está claro que la noche de Reyes es quizás la mejor del año para ellos. No hace falta más que ver su expresión cuando se levantan por la mañana y descubren los regalos que descansan a los pies del árbol. Dan ganas de volver a ser niño otra vez...

Gracias y un saludo!

María Ra dijo...

¡¡Que entrañable todo lo que decís: el cuento, el contárselo a los peques, la cara de ilusion en reyes...!!, ahhhhhhhh, ¡¡GENIAL!!!

MIGUEL DÍAZ dijo...

Si. Es una pena que se hagan mayores a pasos agigantados y pierdan esa ilusión que les caracteriza. Ley de vida, dicen...

Aunque siempre queda algún rinconcito en tu interior en el que sigues siendo tan niño como cuando tenías esos pocos años. Ojalá no lo perdamos nunca!

Gracias y un beso!!

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